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El rencor

El rencor es un resentimiento difícil de superar. Foto/OSV/Claudia Morales, Reuters

El dolor es instantáneo por cualquier golpe al cuerpo. Los nervios están todos conectados con el cerebro y son los que comunican de inmediato lo acontecido. La piel se resiente, mostrando un coágulo de sangre que se hincha mostrando así, lo sensible del cuerpo humano. Un golpe se considera ‘una herida’ seria si causa sangrado y amenaza la salud personal. Se pierde el balance normal del cuerpo y el cerebro de inmediato, busca medios de restaurar la normalidad. Se inquieta, buscando mejora, a través de ayuda médica o algún aliciente que subsane el dolor.

Algo semejante ocurre ante cualquier incidente de desacuerdo, molestia o palabra hiriente. La convivencia humana se fundamenta en una apertura ‘al otro’, o sea, a los demás. Implica aceptación mutua y buena voluntad. Tener modales es saber actuar apropiadamente, con prudencia y sentido común. No faltan, sin embargo, los conflictos en momentos de coraje, choques de personalidad y disgustos inesperados. El carácter de cada persona influye mucho en cuan sensible y delicada es su relación humana. En la familia, en el matrimonio, en la parroquia, en cualquier agrupación, se actúa siempre consciente de evitar algún comportamiento que pueda ser imprudente y no adecuado. ¡Pero, el ser humano es impredecible! Tiende a ser egoísta y terco. Todo como consecuencia del amarre al pecado original. Disciplinarse en alcanzar virtud, en la superación de sus fallas y limitaciones, es la meta de todo discípulo del Señor Jesús. Es la fe la que ayuda a seguir creyendo que, eventualmente, se es capaz de superación personal.

Nuestra cultura hispana es en general, sociable. Busca y le agrada estar juntos, como familia y como amigos. Comparte a modo familiar y a manera íntima. De ahí, que los secretos no siempre se guardan a modo confidencial, y lo que acontece a modo negativo en un grupo, no tarda en saberse públicamente. Es lo que en la cultura se conoce como ‘un chisme’. Desde el punto de vista psicológico, el saber algo que no todos saben, hace a la persona sentirse con poder. De ahí, el origen del ya mencionado ‘chisme’. Usualmente, se propaga, de esta manera: “¿Te enteraste?” “!¡No, … cuéntame!” Y lo que se desarrolla desde ese momento, es todo un problema, que amenaza a la caridad y a la sana convivencia. Las personas envueltas en esos comentarios se ofenden cuando se enteran que ‘se está hablando de ellas’.

La crítica, el juicio negativo, usualmente, son parte de toda esta dinámica. Se hieren sentimientos, se ofenden personas y el enojo, junto con el coraje, se adueñan de la situación. A modo más común, es lo que ocurre con frecuencia en el matrimonio. No es que no haya amor, lo que sucede es que los cónyuges siguen siendo ‘individuos’. Como tales, cada uno reclama sus derechos y privilegios. Después de cualquier conflicto o desacuerdo, argumentan, ‘pelean’ y se enajenan el uno del otro. En lo irracional de cualquier situación conflictiva, se dicen insultos que hieren. Pasan los días, y cada uno se deja controlar por el rencor que siempre es el resultado de las ofensas cometidas. Es un sentimiento normal, como reacción de la ‘memoria herida’, que se resiste a perdonar.

Interesante notar, que el rencor afecta con mayor frecuencia a personas con temperamento melancólico. Muestran una sensibilidad delicada y tienden a ofenderse con facilidad. Son las que son capaces de amar a modo apasionado, pero con el riesgo de ahogarse en el egoísmo. Sus enojos se prolongan, pues se muestran incapaces de superar el dolor causado por cualquier ofensa. Rencor es un resentimiento difícil de superar. Algo análogo como si se estuviese golpeando una herida física que no ha cicatrizado. Está relacionado con la ya mencionada múltiples veces, memoria herida. Recuérdese que, en general, nadie olvida nada. Entre más hiriente la ofensa, más arraigado se desarrolla el rencor. Es una reacción involuntaria, o sea, no decidida adrede.

Se plantea el interrogante, pues, y entonces, ¿qué hacer? Es recomendable reconocer la ofensa y la situación indeseable, aceptar que se está sintiendo resentimiento y que se tiene que ‘decidir’ cómo se va a superar el consecuente rencor. Se puede aceptar no hacer nada y continuar viviendo resentido. O, se hace el esfuerzo, principalmente motivado por la fe, de superar lo difícil de la situación. Que surja el rencor es inevitable. Que se prolongue y socave toda posibilidad de perdonar, de normalizar la relación, es antievangélico. ¿Es pecado? Bueno, eso es asunto de conciencia personal, pero se puede aclarar que el rencor, una vez tomado en cuenta, debe de motivar al creyente, a subsanar el sentimiento herido, perdonar y restablecer la normalidad de la relación humana.

Desde el punto de vista de la salud mental, el rencor es dañino y le roba a la conciencia la paz interior. Urge hacer el esfuerzo de renovar, con firmeza de carácter, todo el empeño de vivir en paz y armonía, … ¡con la ayuda de Dios!



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