En una homilía pronunciada --hoy-- en la Catedral de San Mateo con motivo del doscientos cincuenta aniversario de la fundación de Estados Unidos, el cardenal Robert McElroy llamó a los católicos a vivir un patriotismo arraigado tanto en los ideales fundacionales de la nación como en el amor concreto por su cultura y su pueblo, advirtiendo que solo a la luz del Evangelio ese amor a la patria puede evitar convertirse en idolatría.
La celebración de este aniversario, señaló el arzobispo de Washington, es ante todo un tiempo de oración, acción de gracias y renovación por la rica herencia surgida de aquel momento en que los líderes de las trece colonias arriesgaron todo lo que valoraban para embarcarse en un experimento sin precedentes: fundar una nueva nación sobre principios democráticos y derechos humanos.
Humildad, no dominación
El cardenal McElroy enmarcó su reflexión en las lecturas del día, tomadas del profeta Zacarías y de la Carta de San Pablo a los Romanos. Ambas, explicó, enseñan que el reino de Dios no se fundamenta en el poder ni la dominación, sino en la humildad y la paz.
De esa convicción se desprende un principio que –añadió-- debe regir cada dimensión de la vida del creyente, incluida su vida como ciudadano: actuar no solo desde la sabiduría terrenal y los deseos humanos, sino desde la sabiduría del Espíritu y la Providencia de Dios. Es precisamente esa sabiduría, subrayó, la que impide que el patriotismo degenere en idolatría o se desprenda del Evangelio.
Un debate nacional en curso
El cardenal reconoció que, en los meses previos a esta conmemoración, ha surgido un debate público amplio y vigoroso sobre los fundamentos del patriotismo estadounidense y sobre la identidad central del país.
Durante buena parte de la historia reciente, explicó, el amor a Estados Unidos se ha entendido como un compromiso con los ideales plasmados por los Fundadores en la Declaración de Independencia, y con los esfuerzos reformadores que a lo largo de la historia nacional han buscado corregir los grandes fracasos en el intento de vivir esos ideales.
Desde esa perspectiva, la nación es, en su esencia, un conjunto de ideales y aspiraciones, y el patriotismo consiste en el esfuerzo por alcanzarlos; la unidad en la diversidad se encuentra no en lazos de sangre, como en otras naciones, sino en los principios que han forjado al pueblo estadounidense.
Más recientemente, señaló, se ha propuesto con fuerza una visión distinta: que el patriotismo no puede sostenerse eficazmente en un conjunto de ideales abstractos, sino que debe arraigarse en el amor por la sociedad concreta en la que se vive, en la comprensión agradecida de los dones de la comunidad nacional y la cultura específicas de las que cada uno forma parte.
Para los católicos, afirmó el cardenal, la contradicción que se propone entre estas dos vías es un falso dilema. A los ojos de la fe, ambas son esenciales para comprender el llamado del creyente a actuar como ciudadano y patriota en los tiempos turbulentos que vivimos.
La bravura de los Fundadores
McElroy invitó a los fieles a recuperar el dilema que enfrentaron los fundadores de la nación al declarar su independencia de Gran Bretaña. En aquel momento, dijo, comprendían que iniciaban un experimento de democracia en un mundo que no había conocido una república democrática en más de mil doscientos años. Se embarcaban, además, en una guerra contra la mayor potencia militar del planeta, y debían forjar la unidad entre trece colonias muchas veces enfrentadas entre sí.
La Declaración de Independencia que resultó de aquel momento, recordó el cardenal, estableció principios que cautivaron al mundo por su belleza y profundidad: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de derechos inalienables, entre ellos la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; y que la justicia debía ser el marco de toda vida política y legal. A esos principios, y a la democracia naciente, los Fundadores prometieron “sus vidas, sus fortunas y su sagrado honor”.
Un patriotismo que nunca se conforma
Para los católicos, sostuvo McElroy, estos principios fundacionales constituyen un fundamento convincente del patriotismo estadounidense, pues están explícitamente arraigados en Dios como fuente última de la dignidad humana y dialogan con elementos centrales de la doctrina social católica contemporánea sobre igualdad, libertad y justicia.
Pero lo más importante, insistió, es que estos principios han exigido de manera continua la reforma de la sociedad para eliminar sus grandes fallas históricas: la esclavitud, el trato dado a los pueblos indígenas, el trato a las mujeres, el imperialismo, el racismo y la persecución religiosa.
“El patriotismo arraigado en los principios fundacionales de nuestra nación es un patriotismo profundamente aspiracional, nunca satisfecho con las limitaciones a los derechos humanos fundamentales”, afirmó el cardenal, subrayando que esta actitud se corresponde con una doctrina social católica que busca continuamente la reforma y jamás se conforma con el estado actual de las cosas.
El segundo fundamento: el amor por la nación concreta
Si el patriotismo que nace de los principios fundacionales provee un pilar esencial para el católico estadounidense, el amor por la sociedad y la cultura reales en las que se vive constituye el otro. Para ilustrar este segundo fundamento, McElroy repasó cómo los cinco pontífices más recientes se han dirigido al pueblo estadounidense, destacando las gracias centrales de su cultura.
San Juan Pablo II, durante su visita a Estados Unidos en 1987, saludó “al pueblo estadounidense con su historia, sus logros y sus grandes posibilidades de servir a la humanidad”, rindiendo homenaje a lo que el país ha logrado tanto para su propio pueblo como para quienes ha acogido en una creatividad cultural que da vida a una unidad nacional indivisible, según su propio lema, E pluribus unum.
El mismo Papa polaco subrayó la libertad como una gran gracia de la vida y la cultura estadounidenses, una libertad que desde los inicios de la nación se orientó a la formación de una sociedad bien ordenada, a la plenitud de la vida humana, a la preservación de la dignidad humana y a la salvaguarda de todos los derechos humanos.
Benedicto XVI, en su visita de 2008, enfatizó el logro estadounidense de incorporar una sólida perspectiva religiosa al corazón de la vida pública sin renunciar por ello a una auténtica cultura de libertad religiosa, guiada, dijo, por la convicción de que los principios de la vida política y social están íntimamente ligados a un orden moral fundado en el dominio de Dios Creador.
El papa Francisco, durante su visita de 2015, señaló los sueños que animan la cultura estadounidense --su espíritu aventurero, su creatividad, su impulso positivo--, alegrándose de que el país siga siendo para muchos “una tierra de sueños. Sueños que conducen a la acción, a la participación, al compromiso”.
Francisco también reconoció, de manera conmovedora, los sacrificios y el arduo trabajo de generaciones de estadounidenses que dieron forma a valores fundamentales que perduran en el espíritu del pueblo, un espíritu capaz de atravesar crisis, tensiones y conflictos y encontrar siempre los recursos para seguir adelante con dignidad.
Finalmente, el arzobispo de Washington citó unas palabras muy recientes: las del papa León, quien este mismo fin de semana, al aceptar la Medalla de la Libertad, habló con emoción de su amor por su patria, uniéndose como “hijo de este gran país, fundado por hombres y mujeres valientes que soñaron con la libertad y una vida mejor para ellos y para sus hijos”, a la súplica de la bendición de Dios sobre el futuro de la nación.
El pontífice también observó que, en estos doscientos cincuenta años, ha sido la firme resolución de alcanzar la noble visión de los Fundadores lo que convirtió a Estados Unidos en sinónimo de libertad para tantos pueblos del mundo, a medida que el país abría sus puertas a sucesivas oleadas de inmigrantes; y que ese mismo amor por la libertad inspiró a la nación, en las horas más oscuras del siglo pasado, durante las dos guerras mundiales, a mirar más allá de sí misma y, con gran sacrificio, defender la causa de la libertad más allá de sus propias fronteras.
Unidad, libertad, sacrificio: un ancla para el patriotismo
Unidad, libertad, libertad religiosa, una tierra de sueños y una nación de sacrificio y sed de justicia: estas y otras cualidades profundas de la cultura estadounidense, resumió McElroy, llaman a amar a la nación por sus logros y su riqueza a lo largo de doscientos cincuenta años. Son, dijo, un ancla sólida para el patriotismo genuino y para la celebración de estos días.
La solidaridad frente a la polarización
Para comprender este patriotismo afectivo, el cardenal recurrió a la teología de la Iglesia y, en particular, al principio de solidaridad: la convicción de que todos somos bendecidos por la sociedad en la que vivimos y, por tanto, todos somos deudores de ella.
La solidaridad, explicó, es el antídoto contra el individualismo radical que puede cegarnos ante las muchas riquezas recibidas de nuestra sociedad y cultura en su conjunto. Nos lleva a comprender que nuestra participación en la vida social nos llama a construir nuestras comunidades cívicas, a proveer para el bienestar de los demás y a buscar la armonía entre todos.
Sin embargo, advirtió McElroy, esa solidaridad está siendo eclipsada por la polarización que hoy desgarra a la nación. Todo patriotismo genuino --insistió, y de manera muy particular el que nace de la fe católica-- debe resistir las mareas sociales que alienan a los ciudadanos entre sí y que llevan a la sociedad a replegarse sobre sí misma, transformando el amor a la patria en un patriotismo distorsionado, excluyente y puro.
Un llamado a la reforma constante
Al concluir su homilía, el cardenal invitó a los fieles a abrazar, en este gran aniversario que marca el pasado de la nación y convoca a su futuro, un patriotismo arraigado tanto en la visión fundacional de Estados Unidos como en el amor profundo por la nación y la cultura concretas en las que viven. Y llamó a reformar constantemente, como personas de fe, estos dos fundamentos del patriotismo a la luz del Evangelio, que --acotó—“siempre apunta a lo más elevado, nunca complaciente”, y que llama a la nación a una grandeza verdadera y duradera.
