Cuando comencé esta columna mensual hace un año, mi idea era compartir con ustedes las cosas muy positivas que están ocurriendo en la Iglesia y en la comunidad en general, y que siguen ocurriendo cada día. Como sacerdote y obispo, mi principal responsabilidad es difundir el evangelio de Jesucristo y edificar la Iglesia.
Nunca imaginé que en este último año —ni en ningún momento— veríamos en este país a personas detenidas por agentes del gobierno secretos y enmascarados, acompañados de una campaña intencionada de miedo, intimidación, crueldad y violencia, incluyendo el uso de fuerza letal contra inmigrantes y ciudadanos. Aun así, hay esperanza – esperanza que trae luz, y la oscuridad no la vencerá.
Recientemente visité Minneapolis, en Minnesota, para asistir a una conferencia y aproveché para pasar por los lugares donde Renée Good y Alex Pretti fueron asesinados, durante acciones federales de control migratorio a principios de este 2026. Sabiendo que la comunidad local sigue de duelo y tratando de recuperar la paz y la tranquilidad tras estos eventos traumáticos, nos mantuvimos a una distancia respetuosa y nos detuvimos un momento para rezar un Ave María y un Padre Nuestro. Ver los lugares, que han sido transformados en santuarios callejeros con flores, velas y recuerdos personales, fue muy emotivo.
Al mismo tiempo, me animó ver que, en muchos barrios de las “Ciudades Gemelas” (Minneapolis y Saint Paul), muchas casas y algunos negocios muestran signos de apoyo a la comunidad inmigrante. Esos carteles sirven como recordatorios silenciosos pero poderosos de que el amor, la solidaridad y la resiliencia de una comunidad unida son más fuertes que la crueldad, la injusticia y la discordia.
Recientemente, también viajé a mi querido país, El Salvador, para conmemorar el décimo aniversario del fallecimiento de mi padre. Durante este viaje, también tuve la oportunidad de visitar la capilla donde San Óscar Romero fue asesinado el 24 de marzo de 1980.
Ahí, en el mismo altar donde él ofrendó su vida, celebré misa con algunos hermanos sacerdotes y el cardenal Gregorio Rosa Chávez, amigo cercano y colaborador del arzobispo Romero. En la pared detrás del altar, estas palabras están escritas como testimonio duradero: "En este altar, Mons. Óscar A. Romero ofrendó su vida a Dios por su pueblo". Celebrar la Eucaristía en ese lugar santo siempre es una experiencia profundamente conmovedora, mientras se está en tierra sagrada.
Después de la misa, fuimos a la cripta de la Catedral Metropolitana para rezar en su tumba. En ambos lugares, la capilla y la catedral, oramos por la paz, la libertad y el bienestar de todos los pueblos del mundo, y de una manera especial por una reforma migratoria integral en Estados Unidos.
San Óscar Romero fue conocido como un pastor profético que dio su vida defendiendo a los pobres y denunciando la injusticia durante uno de los periodos más violentos de la historia de El Salvador. Como arzobispo de San Salvador, enfrentó valientemente graves violaciones a los derechos humanos en las décadas de 1970 y 1980, nombrando a los desaparecidos, condenando la tortura y la represión, y desafiando tanto las estructuras de opresión como las conciencias de quienes ejecutaban órdenes injustas. A través de homilías retransmitidas por todo el país, buscó restaurar la dignidad y visibilidad de las víctimas cuyos sufrimientos de otro modo podrían haber sido silenciados e ignorados. Sin embargo, su voz nunca fue de odio o venganza; más bien, abogaba por la conversión del corazón, la fidelidad al Evangelio, la no violencia y la integridad moral arraigada en valores cristianos.
Monseñor Romero le recordó a su pueblo que la injusticia y la muerte no tienen la última palabra, y que la auténtica transformación social comienza con la transformación del corazón. De este modo, San Óscar Romero se convirtió en una voz cristiana indispensable de fe, esperanza, justicia y perdón frente a la opresión y los sentimientos de venganza, ofreciendo tanto claridad moral como esperanza inquebrantable a una nación herida y dividida.
La visita a mi país también me recordó a los cuatro misioneros estadounidenses que fueron brutalmente asesinados por las fuerzas gubernamentales salvadoreñas el 2 de diciembre de 1980, pocos meses después del martirio de San Óscar Romero, por su labor humanitaria entre los pobres. Sus nombres y sacrificios nunca deben ser olvidados. Fueron las hermanas Maryknoll Maura Clarke e Ita Ford –enterradas en el cementerio municipal de Chalatenango, no muy lejos de donde vive mi madre– la hermana ursulina Dorothy Kazen y la misionera laica Jean Donovan. El asesinato de estas mujeres de la Iglesia, la opresión del pueblo salvadoreño y los actuales conflictos en este país estuvieron en mi mente durante mi peregrinación a la Capilla Martirial y a la tumba de San Óscar Romero.
Durante el Año Jubilar de la Esperanza el año pasado, el Papa León nos recordó: “La paz que trae Jesús es como un fuego, y nos exige mucho. Nos pide, antes que nada, tomar postura. Ante la injusticia, la desigualdad, donde la dignidad humana es pisoteada, donde se silencia a los frágiles: toma postura”.
En esta larga noche, hay esperanza en la inspiradora constelación de luces que ha comenzado a brillar en nuestro tiempo: hombres y mujeres corrientes como los de Minneapolis que se mantienen valientemente en solidaridad con nuestras hermanas y hermanos asediados, alzando la voz por la dignidad humana y la justicia para todos, incluso a costa de su propio bienestar y, en algunos casos, sus propias vidas.
Otras luces por las que estoy especialmente agradecido en este primer aniversario son también mis hermanos obispos estadounidenses, que han tomado una postura apelando a una simple decencia humana hacia inmigrantes y refugiados: "Nos oponemos a las deportaciones masivas indiscriminadas. Oramos por el fin de la retórica deshumanizadora y la violencia, ya sea dirigida a inmigrantes o a las fuerzas del orden. Oramos para que el Señor guíe a los líderes de nuestra nación".
En medio de la oscuridad de nuestros tiempos, el testimonio profético y las enseñanzas de San Óscar Romero deben permanecer para nosotros como una antorcha ardiente –iluminando nuestro camino y fortaleciendo nuestra determinación. También podemos sentirnos alentados por las buenas personas de todo el país que están defendiendo la justicia y la dignidad humana. Unidos en Cristo, confiamos en que ningún mal prevalecerá finalmente, que incluso el invierno más frío dará paso al renacimiento de la primavera, y que la paz de Cristo triunfará sobre los crímenes de Caín.
