Se plantea el argumento de que el comportamiento humano es diferente en cada cultura. Entendiendo que la cultura abarca la totalidad de la existencia humana. Cada uno se forma con los acondicionamientos culturales del lugar natal. Se desarrollan y se modifican en el proceso del crecimiento personal y las experiencias vividas. El ser humano no es una marioneta a la merced de lo cambiante de las circunstancias. Es por decisión y conciencia propia que fluye todo su comportamiento. Adrede o distraído, siempre es una responsabilidad personal. El carácter y temperamento son los determinantes centrales de su comportamiento. Se plantean estos detalles, pues son parte importante para entender todo el intercambio conyugal que varía al pasar de los años.
La experiencia muestra que existen cambios fisiológicos y psicológicos cuando se cumplen los 40 años. Lo mismo ocurre, si se llegan a cumplir los 70 años. Éstos son dramáticos y notables, que, si no son tomados en cuenta, confunden y pueden llevar a la ruptura de la relación conyugal. En el ámbito de la cultura machista, lo que predomina son las expectativas no realistas, que dan lugar a mayores problemas. Lo innegable sigue siendo es que predomina la ignorancia en este ámbito del desarrollo humano, respecto a ambos géneros, masculino y femenino. En general, la mujer hispana está mejor preparada física y emocionalmente para integrar los cambios y los retos propios de la situación. No así con el hombre. Que no se ignore que, el amor es un misterio, regalo único del Espíritu Santo. En lo frágil de la condición humana, ese regalo o se acepta con pasión, o se ignora completamente. ¡Es entonces que todo queda reducido a un ‘apetito’ biológico! (Así es con los animales, y no se le llama ‘amor’).
En la modernidad, toda la experiencia conyugal ha sido afectada por cambios que se han suscitado a modo imprevisto. La tecnología, la inmediatez de los aparatos electrónicos, el progreso económico, entre otros, causa una presión psicológica sobre la pareja que afecta su estado emocional a modo muy sutil. Surge la expectativa callada, de ‘querer vivir como los demás’ y la continua tentación de mostrarles “nosotros también podemos”. Otro de los riesgos en los ‘años avanzados’ es la tentación de lo que se llama ‘compensación’. O sea, como la gratificación sexual ha disminuido notablemente, se acude a compensar, comprando y buscando poseer comodidades que, de algún modo, traen satisfacción y un sentido de “lo hemos logrado”. En esto, es la esposa la que usualmente toma la iniciativa de seguir ‘arreglado y ordenando el espacio común’ (ej. cambiando cortinas, arreglo de muebles, añadiendo macetas de plantas, etc.). La meta es sentir la satisfacción del ‘vivir bien’. Dicho sea de paso, estos cambios que ella considera oportunos y recomendables, en algunos casos, causan disgusto al marido por haberle cambiado el espacio familiar. El hombre hispano suele tener dificultad en adaptarse cuando le alteran su rutina y comodidad.
Una amenaza, que se puede añadir, es la inclinación del hombre hacia la pornografía. Psicológicamente, el recrearse en porno, es una de las maneras más sutiles de buscar estimulo sexual, en un cuerpo que no tiene ya la vitalidad ni la proeza de los años jóvenes. Este tipo de desahogo es peligroso emocionalmente, pues el hombre, sin darse cuenta, está regresando a los años de su pubertad. Conlleva, además, el riesgo de una actitud de ‘intolerancia’ y poca paciencia hacia la esposa, quien usualmente, ya no es vista ‘con la ternura y delicadeza’ de tiempos pasados. En algunos casos más radicales, el hombre (de pobres principios morales), se busca amoríos con alguna otra mujer más joven que él. Triste tener que mencionarlo, pero no se debe ignorar lo que es una de las ‘plagas de la cultura machista’. Otro detalle interesante, es el de la esposa que sabe de la infidelidad de su marido, pero calla, por el miedo de causar una separación que la perjudique al pasar del tiempo.
Interesante notar, que, en tiempos pasados, un hombre ya mayor, pero adinerado, solía tener una amante. Toda la familia sabía, pero nadie se atrevía a decir nada. La esposa se refugiaba en la práctica de la fe, viviendo una vida más piadosa, aunque continuaba su entrega y servicio al marido infiel. Entiéndase, que este ‘cuadro cultural’, aunque doloroso, es lo que la mayoría de las familias hispanas vivieron en el pasado. La modernidad ha traído otros tipos de retos que continúan afectando toda la unión familiar.
Los hijos, hoy en día, tienden a ser más independientes y menos ‘apegados’ a sus padres, quienes usualmente, ya murieron, viven solos, o en algún asilo. La crisis matrimonial no ha desaparecido, solo que se manifiesta de diferente manera en cada generación. El desastre mayor, en el contexto del matrimonio, es que las anormalidades de divorcio, separación de cónyuges, enajenación de los hijos, indiferencia en la relación de familia, falta de contacto con los parientes, y muchos más, son todas experiencias demasiado comunes. ¡Tanto, que crean actitudes de conformismo, aceptación e indiferencia! Y aquí, de nuevo, la expresión fatalista más común, … “ni modo, … así es la vida”.
