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La dignidad de la persona humana, elemento sagrado de la sociedad que está en riesgo

Voluntarios de Caridades Católicas de Washington reparten alimentos calientes con decenas de personas sin hogar, discapacitadas y familias necesitadas. Foto/Mihoko Owada/archivo

La democracia no solo es un conjunto de procedimientos; exige además un componente sustantivo: la defensa de la dignidad humana. Ese elemento sagrado de la sociedad está en peligro en nuestro país, advirtió el arzobispo de Washington, Robert McElroy, durante un diálogo sobre John Courtney Murray, el teólogo jesuita que ayudó a perfilar la visión católica de la democracia y su relación con la vida pública.

El contexto es preocupante: retrocesos democráticos globales, ataques a instituciones públicas, polarización extrema, meses de violencia por una aplicación cruel de las políticas migratorias, fallos judiciales desatendidos, una prensa estigmatizada, un servicio civil desmantelado y una guerra contra Irán emprendida sin debate público ni autorización del Congreso.

El encuentro “Fe, democracia y el bien común: lecciones de John Courtney Murray para nuestro tiempo”, moderado por Kim Daniels, directora de la Iniciativa sobre Pensamiento Social Católico y Vida Pública, se celebró en Georgetown University el 18 de marzo de 2026.

Cuando Daniels preguntó sobre el estado de la democracia y las amenazas actuales, McElroy hizo énfasis en el doble significado de la democracia: un proceso que, además, exige la salvaguarda de la dignidad humana, lo que Murray llamó res sacra, un elemento sagrado de la sociedad que puede verse amenazado.

Ambos aspectos, advirtió, parecen debilitados hoy; quienes deberían protegerlos rehúyen esa responsabilidad. De nada sirven las instituciones si nadie quiere asumir su custodia.

Ese debilitamiento se aprecia tanto en el proceso democrático como en su dimensión sustantiva. En materia migratoria, la dignidad básica está siendo atacada: agentes de ICE encapuchados se han convertido en la nueva cara de la justicia estadounidense, “una tragedia” que erosiona el consenso básico que, según Murray y los padres fundadores de la patria, debe sustentar la vida pública.

La polarización mina ese consenso y corroe las instituciones guardianas de la democracia; estas están en desorden y se tambalean, por lo que es urgente actuar.

Murray ofreció una visión duradera: la “Gran Sociedad” —con sus instituciones culturales, educativas, religiosas y comunitarias— debe definir los espacios donde la libertad debe reinar y dónde se busca el bien común. Políticas gubernamentales y sociedad civil deben distinguirse; el Gobierno no debe invadir ámbitos de la vida social y cultural como la educación y las artes, pues ello erosiona la noción de límites frente al uso coercitivo del poder.

“Una de las críticas y alarma es ver al Gobierno invadiendo áreas de la sociedad y la cultura, algo que nunca pensaríamos que ocurriría”, expresó McElroy.

Frente a la corriente realista representada por Hans Morgenthau, que prioriza el poder y los intereses nacionales por encima de la moralidad, Murray sostenía lo contrario: las naciones deben regirse por reglas y cooperar moralmente.

McElroy advirtió que, si priman los intereses y el poder sobre la moral, Estados Unidos correrá el riesgo de convertirse en un gigante torpe y destructivo, un rumbo que, lamentó, ya se vislumbra en la política actual.

Esta guerra no es justa”

Nuestra posición frente a la guerra de EEUU contra Irán es clara y está dentro del pensamiento católico: “Esta guerra no es justa y, como dijo León XIV, está guerra es totalmente incompatible con el pensamiento católico”.

En el ámbito internacional, Murray dijo que es necesario que existan normas morales que se apliquen en todos los casos y en todos los países, porque de lo contrario tendremos la destructividad de un gigante torpe.

En el ámbito nacional, en una homilía celebrada en septiembre, el cardenal McElroy dijo: “Estamos presenciando un asalto gubernamental integral diseñado para generar miedo y terror, y para privar a los inmigrantes indocumentados de cualquier paz real”. Los cardenales Tobin, Cupich y McElroy han criticado políticas que, dijeron, han estallado en violencia mortal, como ocurrió en Minneapolis.

Cuando Murray dice que lo que hacemos en una democracia está arraigado en la igual dignidad de cada persona -sin importar su estatus migratorio, su productividad, edad o etapa de la vida- qué lecciones nos ofrece a lo que hoy enfrentamos, cuándo intervenir o alzar la voz, inquirió Daniels.

Murray usa una antigua tradición teológica católica (res sacra) para señalar que en la sociedad hay ciertos elementos sagrados que contribuyen a la dignidad del ser humano y que se fundamenta en la gracia y dignidad otorgada por Dios -explicó McElroy-. Eso que es cierto para los individuos, lo es también para las instituciones que ayudan a salvaguardar y potenciar el bien común.

Creo que nos está diciendo que tenemos que actuar -precisó-. Lo que ocurre en materia de inmigración es un grave ataque contra el derecho humano fundamental. En Washington, tenemos una parroquia donde 30 personas han sido detenidas o deportadas. “Tenemos que trabajar juntos”.

Las parroquias han ideado formas ingeniosas de ayudar a quienes asisten a nuestras misas. El pasado otoño, la asistencia a las misas en español bajó en un 30 por ciento porque la gente tiene miedo de venir a misa. En respuesta, las parroquias han tomado sus precauciones para que la gente se sienta segura.

“Ha surgido todo un ‘organismo’ sobre cómo ser vecinos de las personas indocumentadas que lo único que quieren es asistir a misa. Nunca he visto tanta cohesión y tanta energía combinada entre ellos y los obispos, lo cual es estupendo.”

John Courtney Murray decía que la Iglesia era la conciencia de los poderosos en lugar de su capellán. ¿Cuándo hemos perdido eso de vista y cuándo hemos servido mejor a esa idea?, preguntó Daniels.

No lo expresaría como si los obispos estuvieran intentando ser una conciencia, porque nosotros hablamos a la conciencia de la comunidad católica y de la sociedad en general -respondió McElroy-. No actuamos como ‘conciencias’, los obispos tratamos de contribuir al debate público y ayudar a formar conciencias.

En Estados Unidos el pensamiento católico se bifurca por la estructura partidaria. Como votante, uno se pregunta cómo puedo lograr un cambio, a qué partido debo apoyar, contra este dilema ser ‘políticamente sin hogar’ es una salvaguarda y una salvaguarda para los obispos también, insistió.

En el panel también participaron Kathleen Caveney (Boston College), Vincent Rougeau (College of the Holy Cross) y Rob Fisher (Universidad de St. Thomas), quienes abordaron cómo reconstruir la confianza cívica desde la tradición católica.

Kathleen señaló que la pérdida de confianza surge de una visión de lucha por el poder y la riqueza, que margina a los vulnerables; el pensamiento católico, por el contrario, proclama el servicio comunitario y la dignidad compartida.

Vincent subrayó la sacralidad de las conexiones personales: la dignidad no es solo individual, sino comunitaria; las parroquias pueden ser pilares de compromiso cívico y diálogo.

Rob insistió en ver al otro como hermano y en recuperar las redes sociales locales que facilitan la acción común.

Un modelo agustiniano

Sobre el poder y cómo deberíamos pensar en el Estado de derecho como algo que apoya la dignidad humana, Kathleen dijo que Murray -quien murió en 1967- no vio la guerra contra Vietnam, el asesinato de Martin Luther King, Roe vs. Wade y la crisis de Watergate, pero “estoy segura de que habría estado a favor del Estado de derecho”.

Murray tiene una frase célebre contra la barbarie: “La barbarie lucha contra una sociedad en la que hay una conversación razonable bajo leyes razonables”. Entendiendo como conversación: vivir juntos razonablemente y hablar juntos de forma razonable.

El derecho, como guía de la acción humana, tiene que ser aplicable de forma general, debe proclamarse públicamente y tiene que ser prospectiva, porque de nada sirve tener una ley retrospectiva. Tiene que ser constante, hoy y mañana, aplicarse tanto a los gobernantes, como a los gobernados de manera justa.

Esas características procesales se aplican -incluso- a los tiranos, así como a cualquier otra persona. “Un tirano predecible es mucho mejor que un tirano que cambia de opinión todo el tiempo”.

Hay normas que son tanto procedimentales como sustantivas y son las que se aplican en la Constitución estadounidense: No se priva a las personas de la vida y la libertad sin el debido proceso legal, lo que significa una oportunidad justa para enfrentarse a su acusador y también la oportunidad de escuchar los cargos en su contra y ser juzgados por una persona imparcial.

No les quitamos a las personas su propiedad -aún más importante- su vida y su bienestar, sin un procedimiento justo. Una democracia necesita libertad de prensa, un poder judicial independiente, elecciones justas y claramente libres, todo eso es necesario para gobernar una democracia.

El pensamiento social católico da un paso más allá y dice que tener una democracia, implica, tener personas libres e iguales que deben ser capaces de alcanzar cierto nivel de conocimiento y tener derecho a la educación, la sanidad, la alimentación y la educación para poder participar.

El estado de derecho pasa de un procedimiento básico a la equidad democrática, al compromiso con el florecimiento humano. El estado de derecho es una ordenanza de la razón, en última instancia, para el bien común que es el florecimiento del individuo en una comunidad próspera.

Lo que pasó en Minnesota muestra la importancia del estado básico de derecho, agentes enmascarados que sacan a la gente por la fuerza y el miedo. Ergo, no se puede descartar el procedimiento, porque el procedimiento protege a la gente, anotó Kathleen.

Para cultivar voces públicas, católicas, teológicamente arraigadas, que estén atentas a nuestra sociedad en general y que no retrocedan, Kathleen sugiere volver a un modelo agustiniano. Y dejar de lado el modelo equivocado de que no puedo hablar contigo si creo que eres un secuaz de la cultura de la muerte.

San Agustín dijo que todos haremos lo que queramos, bajo el aspecto del bien. Incluso las personas con las que discrepamos en cuestiones fundamentales están persiguiendo un bien, en cierto sentido. Tener una conversación con alguien es intentar averiguar qué bien persigue y ver cómo está ordenada nuestra comprensión de ese bien, pero también confrontar el cómo creemos que su comprensión del bien está desordenada.

En el mundo en el que vivimos -con polarización, desinformación y disparidad económica-, Vincent cree que el diálogo y los fundamentos morales compartidos prevalecerán en el más grande proyecto de pluralismo democrático que reúne a personas de todos los orígenes y religiones.

Ha habido avances y retrocesos, pero hemos ido en la dirección correcta. Como católicos reconocemos la dignidad humana y que, también, hay gente que está usando el cristianismo para socavar este proyecto, como la idea del nacionalismo cristiano.

Un proyecto importante en el que podríamos participar, si queremos preservar esta democracia pluralista, es hacer que la gente entienda que tiene una responsabilidad y que este derecho -como el derecho a votar- viene acompañado de un trabajo, que es ejercerlo correctamente.

A las justificaciones de los asesinatos de Alex Pretti y Renee Good -en Minneapolis- de que ellos “no deberían estorbar y deberían dejar que ICE haga su trabajo”, Vicent dice que esa es la Alemania de los años 30: cero derechos civiles. Los católicos debemos recordar a la gente lo que está en juego y lo que se perderá si creemos ciegamente que hay personas que les están complicando la vida.

Murray sostenía que la libertad requiere orden, no impuesto desde arriba, sino que brote del florecimiento natural de los principios morales de la sociedad. Una encuesta Pew mostró que Estados Unidos es, entre 25 países, el único cuyo pueblo mayoritariamente no ve a sus conciudadanos como moralmente buenos, Rob planteó la urgencia de revertir esa percepción.

La empatía es innegociable

Rob relato cómo la comunidad católica en Minneapolis trabajó en la promoción de la paz y el bien común: vecinos con silbatos advertían la llegada de las redadas.

Miles de hombres, mujeres y niños no salieron de sus casas durante semanas por el riesgo de que los detuvieran.

Las respuestas comunitarias fueron poderosas y solidarias: se organizaron entregas semanales de víveres a miles de hogares, desde la compra de alimentos hasta llevarlos a la parroquia o a los niños a la escuela.

Es increíble que hoy -en nuestro discurso político-, el propio concepto de empatía esté en disputa, de si es válida o tóxica. El papa Francisco dejó claro que la empatía es innegociable para los católicos y que estamos llamados a asumir la responsabilidad de la vida tal y como es y no como desearíamos que fuera.

En Fratelli Tutti, el papa Francisco dice: “Nuestro servicio nunca es ideológico. Servimos a las personas, no a las ideas. No significa que la discusión sobre la idolología no tenga su lugar. Sí. Pero, sobre todo, estamos llamados al ministerio del acompañamiento: camina con quienes lo necesiten y luego puedes discutir sobre política.

Francisco siempre decía: “La realidad es más grande que las ideas”.

Fratelli Tutti -dice el cardenal McElroy- nos llama a tener el amor de Cristo. Y nos dice: No puedes excusarte diciendo que es demasiado difícil de hacer. Una y otra vez, Francisco pide lo imposible. Al igual que San Francisco, él dice: ‘Hazlo’.

Una generación de jóvenes ‘viven’ virtualmente en pantalla -salas de chat, TikTok, Instagram-. El reto para las nuevas generaciones será cómo tomar lo bueno de eso, reconociendo que somos una tradición ‘encarnacional’. No solo hablar de las heridas de los demás, sino tocarlas y sanarlas de verdad.

La inspiradora historia de las Ciudades Gemelas -dice Vincent- ejemplifica cómo la acción encarnada ayuda a los jóvenes a reconocer la dignidad cara a cara.

La gente se está sumergiendo en la tecnología y hay algo profundamente dañino en las redes sociales. ¿Cómo pasamos de ese compromiso online a una comunidad real y encarnada? Un verdadero desafío para los católicos.

Rob propuso tres preguntas prácticas: ¿dedico tiempo a entender y participar en la política local? ¿participo en organizaciones que atraigan voces distintas? ¿recuerdo que estamos llamados a la fidelidad, no al éxito inmediato?

En una experiencia sinodal en San Diego, la escucha sin interrupciones permitió que personas con posiciones opuestas salieran satisfechas: la escucha promueve comunión y servicio. Salir de los compartimentos aislados y ver primero al otro como humano puede convertirnos en arquitectos de la esperanza que hoy tanto hace falta, concluyó McElroy.



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