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“Los machos no lloran”

Familia hispana participa en la peregrinación por el Dia Mundial del Inmigrante y Refugiado en septiembre del 2025 en Washington. Foto/Mihoko Owada

¡Muy cierto! El perro, el caballo, el buey son machos, y no, no lloran. No es de su naturaleza el poder llorar. Lamentablemente, en la cultura hispana en general, al hombre lo denominan como ‘macho’ y como tal, no debe de llorar. Ocurre en el seno familiar, que a los varoncitos le repiten continuamente, “No, …por favor, mira que los machos no lloran”. Recuérdese, como ya se ha señalado varias veces, que el machismo es el peor azote de la cultura hispana. Prevalece un temor callado, de que el codiciado ‘varoncito’, se desarrolle como homosexual. El niño crece, especialmente en la adolescencia, con un temor de mostrar síntomas inapropiados de un ‘verdadero macho’. Muchas veces ese joven, plagado con inseguridad de su identidad, exagera su comportamiento, insiste en demostrar que sí, que él es ‘macho’, según las expectativas de los que le rodean. Es esa etapa la que marca el carácter y la personalidad del joven.

Notable es el orgullo de un papá que engendra un varoncito. De hecho, la gran esperanza en una parejita de recién casados, y en el contexto de la cultura hispana, es que el primer bebé sea varón. No, no existe ningún ‘libro de directrices’ para matrimonios jóvenes, que señale tal expectativa. Pero, ¡eso es algo cultural! Lo interesante en esa situación, es que el papá se goza de su bebé, tomándolo en brazos, acariciándolo y jugando con él. Tal intimidad termina, pocos años después, por el temor de que mucho afecto con el papá resulte a modo negativo, en que a la criaturita ‘le gusten los hombres’. Ironía dramática es que, al padre alejarse de su varoncito, éste se apega más a la mamá y empieza a imitar las cualidades femeninas de su mami. Añádase que, en la cultura hispana, la madre es el centro de la vida en familia. Parte de la mentalidad machista es que, el esposo delega su autoridad y poder a su esposa. Ella es la que ‘hace y deshace’ en cuestión de disciplina, educación, y desarrollo en general.

Si se exigieran ejemplos que corroboren ese detalle, se podrían mencionar que mami es la que acompaña al nene en sus primeras experiencias de fe, educación académica, y situaciones de socialización difíciles. Ella es la primera en detectar cuando el nene esconde algún comportamiento negativo, la angustia común del desarrollo, problemas de socialización, y síntomas típicos de su adolescencia. (Para corroborar este hecho, se sugiere que cada quien, mire a su experiencia en la vida diaria de la familia hispana). En general, muy pocos papás orientan al adolescente sobre su desarrollo sexual. Lo que este joven aprende sobre su sexualidad, lo aprende en la calle, en ese compartir casual entre amigos. No siempre es lo correcto o lo adecuado, pero la impresión es que el tema es ‘tabú’. Hoy en día y en algunos lugares, el tema de ‘educación sexual’ se ha añadido al currículo académico regular. Esto ha creado problemas con algunos padres que no están de acuerdo. Aun así, el tema es urgente y necesario para la salud mental de los jóvenes.

Con este tema de la sexualidad, está también asociado el aspecto de los sentimientos. Algunas personas son más sentimentales que otras, dependiendo de su carácter y temperamento. Como parte del machismo, se supone que el hombre no muestre sus sentimientos. Eso se interpreta como ‘debilidad’ y es incompatible con un verdadero macho. De ahí, el fenómeno que se da que el hombre usualmente reprime sus sentimientos. Como resultado, se hace más vulnerable a un quebrantamiento nervioso. Es interesante el contraste que ocurre en el comportamiento del hombre cuando está enamorado y después que contrae matrimonio. Durante el noviazgo, o sea el tiempo del cortejar, el varón es atento, zalamero y afectuoso. ¡Es el tiempo de conquista! El propósito es convencer a la novia de que sí, que él la ama. Su comportamiento cambia poco a poco, sin embargo, una vez que ya se casa. Claro, eso no siempre ocurre, pero mucho depende de su personalidad, como ya he mencionado. En este aspecto, hay que considerar también cómo es la personalidad de la novia. Desde la tradición hispana, se recomienda a la señorita que no sea muy expresiva en su amor por el novio. Que sea más recatada, más prudente y menos agresiva, para evitar la impresión de que es una “mujer fácil”, según el entendido común de la cultura.

No se ignora en este momento de la historia, que la influencia norteamericana ha afectado mucho al comportamiento tradicional de la mujer hispana. Los medios de comunicación enfocan a la mujer del Norte (USA), como más agresiva, menos recatada, y por supuesto, mucho más independiente. Se muestra dominante y controladora, cualidades que la pasividad del hombre hispano sutilmente rechaza. De nuevo, desde la cultura, el varón hispano, tiende a evitar un noviazgo con una mujer muy mandona y exigente. La preferencia es una mujer ‘mansa y sumisa’, ¡que cocine, cuide los niños, lave la ropa, limpie la casa, (y se calle la boca)! Esa mujer debe aceptar, sin quejarse, la autoridad incuestionable del marido, o sea, ¡el machito, quien es siempre el que manda! Con todo ese alarde de autoridad, la realidad innegable sigue siendo, que es ella quien ‘decide y gobierna’ la familia y la casa.

En resumen, en la cultura hispana, el esposo es la cabeza del hogar, el machito intocable. La esposa, sin embargo, es la que se muestra ‘dueña y señora’ de la familia. Como ya señalado, el machito delega su autoridad sobre ella. En ese acuerdo, viven entonces, felices y en paz. Por eso el esposo usualmente dice, “Aquí mando yo”. La esposa calladamente accede, … ¡pero continua con las riendas en la mano!



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