La fe, esperanza, solidaridad y cultura del trabajo continúan siendo los pilares que distinguen al pueblo salvadoreño y que fortalecen su vida cristiana. Ese fue el mensaje central del padre Mario Majano durante la misa en honor al Divino Salvador del Mundo, patrono de El Salvador, celebrada el 1 de agosto en la cripta de la Basílica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción en Washington.
Durante su homilía, el párroco de la parroquia St. Mary, en Landover Hills (Maryland), compartió un emotivo testimonio personal sobre sus raíces salvadoreñas. Aunque nació en Estados Unidos, afirmó que la identidad de sus padres marcó profundamente su vida y su vocación.
"Por mis venas también corre sangre salvadoreña. Desde pequeño escuché a mis padres contar innumerables historias sobre El Salvador, sobre los familiares que permanecieron allí durante el conflicto armado. Nombres como Chirilagua, Sonsonate, San Marcos, Santa Ana y La Unión quedaron grabados para siempre en mi mente y en mi corazón", dijo el padre Majano.
El sacerdote recordó con especial cariño los veranos de su infancia, cuando viajaba durante dos meses a El Salvador para convivir con sus familiares, conocer lugares hermosos, contemplar la naturaleza y degustar riquísimos platos preparados a leña por la familia.
"Desde niño me parecía hermoso que un país llevara un nombre que nos recuerda al Hijo de Dios. Más adelante descubrí que el 6 de agosto, día principal de la celebración en El Salvador, coincide con la fiesta litúrgica de la Transfiguración del Señor, una fecha que nos invita a renovar nuestra esperanza y a dejarnos transformar por Cristo", afirmó el párroco de St. Mary.
El legado de San Óscar Romero
El padre Majano también evocó la figura de san Óscar Arnulfo Romero, a quien describió como un símbolo permanente de justicia, dignidad y esperanza para el pueblo salvadoreño.
Recordó que el santo enseñó que, incluso en los momentos más difíciles y oscuros de la historia, la luz de Dios nunca deja de brillar.
"San Romero nos demostró que viviendo el Evangelio podemos transfigurar la sociedad, defender la dignidad humana y convertirnos en instrumentos de paz y reconciliación. Esa transformación se construye poco a poco y exige que permanezcamos unidos en la fe y en la esperanza", señaló.
La Eucaristía fue concelebrada por los sacerdotes Blake Evans, de la Misión San Andrés; Máximo Stock, de la Sociedad San Juan–Programa San Juan Diego; y Anthony Baetzold, de la parroquia Sagrado Corazón. También participaron los diáconos Óscar Méndez, de la parroquia San Miguel Arcángel, y Mario Moreno, de la parroquia Santa Rosa de Lima.
Voces de fe
La celebración reunió a centenares de salvadoreños provenientes de distintas parroquias de la Arquidiócesis de Washington, quienes también participarán el próximo 10 de agosto en la tradicional "Bajada" del Divino Salvador del Mundo, una representación que recuerda la Transfiguración de Jesucristo en el monte Tabor.
La procesión comenzó en la entrada principal de la basílica hasta la cripta, donde se celebró la Eucaristía. Horas antes, numerosos fieles permanecieron en oración ante la imagen del Divino Salvador del Mundo para renovar su compromiso de fe.
Orlando y Ana Gladys Méndez, quienes emigraron de El Salvador hace 44 años, afirmaron que participar cada año en esta celebración les permite mantener vivas sus tradiciones religiosas y transmitirlas a las nuevas generaciones.
"El orgullo de ser salvadoreños nace de nuestra fe en Cristo Salvador y de la certeza de que, con trabajo, buenas intenciones e ingenio, siempre es posible salir adelante", comentaron.
Los integrantes del coro "Unidos en la Fe", de la parroquia St. Mary de Landover Hills, señalaron que durante varias semanas prepararon los cantos de la liturgia.
"San Agustín decía que quien canta, ora dos veces. Hoy cantamos y oramos por la paz, por el respeto a la dignidad humana y por el fortalecimiento de nuestra Iglesia. Ser salvadoreño también significa vivir un compromiso permanente con nuestra fe y con el Divino Salvador del Mundo", expresaron.
Por su parte, Carlos Ramírez, coordinador del Grupo Divino Salvador de la parroquia San Bernardo, en Riverdale, destacó la participación de niños y jóvenes nacidos en Estados Unidos que mantienen vivo el legado cultural y religioso de sus familias.
"Desde hace tres años estos jóvenes no solo participan en la catequesis dominical, sino que también ensayan de manera permanente bailes tradicionales salvadoreños con el apoyo de sus padres. Es una hermosa forma de preservar nuestras raíces y demostrar que la fe también trasciende fronteras", afirmó.
Una devoción que trasciende fronteras
La devoción al Divino Salvador del Mundo tiene casi cinco siglos de historia. Sus orígenes se remontan a 1528, cuando comenzó a celebrarse en un poblado cercano a la actual Suchitoto bajo la advocación de la Santísima Trinidad. Con el paso del tiempo, la festividad se convirtió en la principal celebración religiosa de El Salvador y en un símbolo de la identidad nacional.
Hoy, esa tradición continúa viva entre las comunidades salvadoreñas que residen fuera de su país. Cada año, miles de fieles renuevan su compromiso con Cristo, fortalecen los lazos con sus raíces y transmiten a las nuevas generaciones una herencia de fe, esperanza y solidaridad que sigue trascendiendo fronteras.
