“No sirve de nada resistirse porque el que nada debe, nada teme”, dice sobre ICE un parroquiano de la iglesia San Camilo, de Silver Spring, Maryland, que fue arrestado en agosto pasado en Maryland, sin confrontaciones ni escándalos callejeros, y salió libre en 52 horas.
Ciertamente, el inmigrante hondureño de la tercera edad fue testigo del trato deplorable por parte de los agentes de inmigración, pero considera que la peor parte es cómo la Administración Trump le ha venido cerrando las oportunidades a todo nivel a extranjeros sin “green card” como él.
Santi B. (67) contó que lleva 29 años viviendo en Estados Unidos, donde se ha dedicado a trabajar, pagar impuestos cada año y enviar remesas. Sin embargo, en los últimos meses, su vida ha dado un giro tan radical que ahora la ansiedad e incertidumbre prevalecen. Dice que solo la fe en Dios lo sostiene.
“Amo a este país, pero detesto las atrocidades que nos hacen a los extranjeros más humildes. Absolutamente, no somos criminales”, dijo el tepesiano.
El arresto
Durante tres décadas en EEUU, Santi nunca tuvo contacto con agentes de la ley. La policía nunca le puso ni una multa de tráfico.
Ese primer encuentro fue un shock para él y ocurrió en el verano de 2025, cuando iba en un vehículo con dos compañeros rumbo a su trabajo en Washington, DC. Tres camionetas negras de ICE, con placas de DC, los interceptaron en el cruce de Adelphi Road y University Boulevard, en College Park.
Él no mostró resistencia y tranquilamente le amarraron las manos y los pies. Les dijo que no es un delincuente. Como uno de sus amigos se resistió agresivamente, lo pusieron contra la pared.
En camino al centro de detenciones, pudo observar a un inmigrante en la avenida Riggs Road que “se resistía a abrir la puerta de su auto, entonces los agentes rompieron los vidrios y lo tiraron al piso”.
Santi cree que es innecesario oponerse en medio de un operativo, ya que puede haber represalias durante la detención e incluso consecuencias legales que complican más el caso.
“El problema comienza cuando las personas se resisten y, la verdad, no sirve de nada resistirse. El que nada debe, nada teme. Y nosotros no somos delincuentes, somos gente trabajadora”, dijo mientras se tomaba un café en Langley Park.
La experiencia que vivió fue corta, pero impactante. Estuvo detenido en un centro en Chantilly, Virginia, donde había 120 inmigrantes. Compartió con 80 hombres en un cuarto limitado, donde comían, iban al baño frente a los demás y dormían. Había personas de Rusia, Kosovo, África, Venezuela, Panamá, El Salvador, Guatemala, etc. El menú era tacos con agua y algunos tenían dolor de estómago.
Algunos se quejaban y “gritaban pidiendo comida o agua. A esos los pasaban al otro cuarto donde el aire acondicionado funcionaba al máximo… Esos probablemente son los que permanecen más tiempo detenidos”, dijo.
“Nunca había visto en mi vida un trato tan cruel e inhumano”, dice escondiendo su rostro para evitar salir en la foto.
Insiste en que resistirse o protestar es el detonante para ser maltratado (o en cierta forma torturado) en el actual sistema migratorio estadounidense.
Casi todos los liberados cuentan sobre esta dinámica y explican que las personas se enferman, piden asistencia médica y el doctor aparece 15 días después cuando la persona ya se curó o el caso se complicó.
Tiempos difíciles
Santi nació en un pueblo rural. Estudió enfermería y arte culinario en el ejército. Recuerda que asistía a embarazadas en trabajo de parto y también se daba a la tarea de preparar cadáveres.
Con asistencia de coyotes, decidió cruzar varias fronteras hasta EEUU en 1992, repitió la odisea en 1997 para finalmente establecerse en Maryland. Desde entonces acude a San Camilo como su hogar espiritual.
Si bien tiene algunos familiares en otro estado con quienes perdió el contacto, él ha salido adelante solo, trabajando en una empresa contratista del gobierno federal.
Ha hecho obras de concreto especializado y ha llegado a ganar 32 dólares por hora a tiempo completo. Aportó su talento y esfuerzo en obras de construcción en el Pentágono y el cementerio nacional de Arlington hasta hace poco.
Ha podido enviar dinero a su familia constantemente, comprar una casa en su país y otra en Maryland.
Con sus remesas ha hecho una diferencia en la vida de sus hijos. “Mi meta ha sido que ellos tengan sabiduría y lo he logrado”, dijo orgulloso de tener en la familia un teólogo, una psicóloga, una experta en ciencias matemáticas y otra que pronto será odontóloga.
Pero hace un año todo empezó a cambiar debido a asuntos de inmigración. Se le venció la licencia con el Real ID y la Administración de Vehículos de Maryland (MVA) no le quiere renovar.
“Entonces, me fueron limitando el trabajo y hace cuatro meses quedé desempleado”, contó.
En el gremio de la construcción, que mide la pujanza económica, el índice de crecimiento laboral se ha reducido significativamente y a eso se suma el frío intenso que no merma. “No consigo trabajo ni como jornalero”, dice Santi.
Debido a problemas eléctricos, su casa se incendió en febrero de 2025 y quedó inhabitable. No puede pagar el deducible del seguro ni la hipoteca, la deuda supera los 33 mil dólares y pronto se la van a embargar. Ahora renta un cuarto en Langley Park.
“Estoy angustiado, no hallo qué hacer, me he gastado mis ahorros y ya no tengo dinero para enviar a mi familia”, dice Santi analizando con desesperación su camino cuesta arriba, pero confiesa que “Dios ha sido importante en este trayecto doloroso, me ha dado fortaleza”.
Esperanza en TPS
Santi tiene estatus de protección temporal (TPS) que se vencerá en octubre y cuenta con permiso de trabajo vigente, pero está en el limbo legal. El TPS para los hondureños fue cancelado por el presidente Trump, pero está en litigio en Corte.
Se mantiene aferrado a la esperanza de que le renueven el TPS o el Congreso apruebe una reforma integral de inmigración -como los obispos estadounidenses vienen pidiendo desde hace más de una década.
Quiere seguir viviendo en EEUU a toda costa, mientras “la migra” no lo deporte.
“Creo en Dios que van a renovar el TPS”, exclama. “Me arrodillo todos los días y le pido al Señor lo necesario: mi salud, mi comida y dinero para pagar mi habitación”, dijo.
Sabe que regularizar su estatus migratorio es un puente a la jubilación del Seguro Social. Así podría recuperar lo que ha aportado y ser recompensado por su trabajo de tres décadas.
Su sueño es obtener la ciudadanía estadounidense para volver a su tierra y mantenerse con la mensualidad del Seguro Social. Anhela reencontrarse con sus cuatro hijos y conocer a sus cinco nietos, compartir en familia y vivir en la casa que ha pagado con mucho sacrificio para disfrutar en su vejez.
El TPS para hondureños sigue en litigio. Infórmese: uscis.gov/es/programas-humanitarios/estatus-de-proteccion-temporal/pais-designado-al-estatus-de-proteccion-temporal-honduras.
El gobierno federal les está ofreciendo opciones de legalización a los hondureños con TPS en su portal: uscis.gov/es/formularios/explorar-mis-opciones. Pero tenga cuidado porque al llenar esta forma en línea, el gobierno puede detectar su ubicación e ir a buscarlo cuando el TPS caduque y se emita una orden de deportación.
