Catholic Standard El Pregonero
Clasificados

Un tema delicado: la Iglesia y la política

Edificio del Capitolio en Washington, DC, símbolo del poder político, el 4 de septiembre de 2022. Foto/OSV/Elizabeth Frantz, Reuters

Una vez más, la Iglesia Católica se enfrenta a un conflicto con el poder político. No, no tiene que ser así, pero la verdad es que se desarrollan situaciones delicadas donde el mensaje y la doctrina de la Iglesia chocan con los poderes establecidos. La larga historia de la Iglesia muestra a modo repetitivo, cómo los emperadores, reyes y gobernantes se enfrentaron a la innegable realidad que los seguidores de Cristo Jesús fueron considerados ‘enemigos del estado’. Desde el inicio, los mártires romanos, atestiguan a una doctrina que era conflictiva con la cultura y la vida normal del pueblo. En análisis, algunos argumentan que la política está por encima de cualquier creencia religiosa. El histórico conflicto entre Iglesia y Estado ha salido a relucir últimamente, como todos están enterados. No, no es cuestión de debatir quien tiene la razón. Lo que es importante es evitar todo tipo de ‘fanatismo’, que impida una actitud de apertura y diálogo. Aquí se puede plantear el muy conocido pasaje del Evangelio de Mateo 22:21, cuando los Fariseos trataron de atrapar a Jesús, preguntándole la legitimad de pagar el impuesto romano, “Al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”.

El asunto no es tan sencillo. Un ciudadano tiene sus obligaciones, tanto hacia el Estado como para su Iglesia. El argumento acostumbrado es que la Iglesia no debe ‘meterse en la política’. Sin embargo, ese tipo de planteamiento es simplista y contrario a la realidad. Los seguidores de Jesús, el Señor, viven su fe en lo concreto de su familia y en el contexto de la sociedad que la identifica. De ahí, la conocida parábola que aparece en Mateo 13:33, sobre ‘el fermento en la masa’. Nadie vive en un vacío. En una democracia, es el pueblo quien tiene el poder. A través de un proceso de ‘elecciones’, el pueblo decide y escoge sus gobernantes. Es así, como los que son electos, reciben el mandato del servicio público. Ésos en quien el pueblo ha depositado su confianza, tienen la obligación de rendir cuentas cómo ejercen el poder recibido. Pero, en resumidas cuentas, es el pueblo quien debe de tener la última palabra. Si los electos en voto popular no son consecuentes a los principios del partido político que lo escogió, no pueden ser destituidos (excepto, en caso de escándalo público). Lo único que es posible es, no reelegirlos para un segundo término.

Pero el caso que más debe de preocupar es el del líder político que, en su gestión política, contradice los principios cristianos que son parte integra de una democracia y de sus afiliados. Ningún líder electo, actúa a nombre propio. Eso lo hacen los declarados ‘dictadores’. El individuo escogido a modo democrático tiene la obligación de seguir los principios e ideales del partido que lo eligió. Cuando eso no ocurre, la única alternativa es, no reelegirlo al final de su cuatrienio. En toda esta gestión política, la Iglesia no interviene. Tanto el Estado como la Iglesia, actúan independientemente. Sin embargo, no se debe ignorar que la Iglesia es ‘Madre y Maestra’, como ya mencionado en otras ocasiones. La Iglesia no puede permanecer enajenada de cuál sea la situación política del momento. Ella es la defensora de la verdad, la justicia y la paz. Sí, y es últimamente a los Obispos y al Santo Padre, el Papa, a quienes les corresponde alzar su voz, en casos difíciles donde los principios de justicia y paz aparentan ser violados. Claro, son éstas las situaciones más delicadas, cuando el Estado y la Iglesia difieren en opinión sobre lo aceptable o no de una postura tomada por el Estado. No, la Iglesia no manda por encima del Estado, ni el Estado por encima de la Iglesia. Cohabitan, colaboran y se apoyan mutuamente en la búsqueda del bien común del Pueblo de Dios.

El problema surge cuando los gobernantes toman alguna decisión que es contraria a la doctrina y la moral cristiana. Entonces es obligación de la autoridad eclesiástica de alzar su voz en disensión y protesta. Nadie desea entrar en conflicto, pero lo que es injusto o inmoral, obliga a la Iglesia a actuar como conciencia colectiva. El desafío que se presenta, por supuesto, es como cada católico reacciona y responde a eso que la Iglesia juzga inaceptable desde la perspectiva del Evangelio. Inevitablemente, el católico se confunde, se molesta y con ansiedad, trata de seguir su conciencia. Triste realidad, pero en múltiples ocasiones, siempre existe un grupo que favorece la opinión del Estado y no la de la Iglesia. Lo importante en esos casos es, evitar todo tipo de juicio negativo o una actitud de crítica hacia los que escogen estar en desacuerdo con el Papa y la Iglesia. La Caridad no puede contradecir lo que es justo, ni la Justicia contradecir la Caridad. Estos son los casos en lo cotidiano de la vida cristiana, que continuamente confrontan al creyente con una toma de decisión. “No se puede estar con Dios y con el diablo a la misma vez”, según un refrán popular. Pero, es la prudencia lo que dicta el comportamiento del católico en cada momento, especialmente en casos conflictivos. ¡Que siempre se defienda la libertad de conciencia de cada creyente, y al mismo tiempo, que no se ignore lo que es justo y equitativo!

La Iglesia y la Política son dos poderes necesarios. Excepto, que la Iglesia es guiada por el Espíritu Santo, para vivir en el mundo y al servicio del mundo. La Política es fruto de la gestión del Pueblo de Dios que busca el bien común, estableciendo leyes, normas y directrices que garanticen el buen orden y el bienestar de todos. Viven en tensión constante dada la innegable condición humana fallida y la tentación a la ambición del poder.



Cuotas:
Print


Secciones
Buscar