El amor a la vida, el saborear los deleites que la vida ofrece, es parte del prodigio que el Creador le regaló al ser humano. El instinto natural es defender la vida, no perjudicarla. Por eso, cualquier atentado de eliminar o lesionar la vida es una ofensa grave. El protegerse a uno mismo, no es algo aprendido, es parte del ‘instinto’ que resguarda, adelanta y enriquece cada criatura que nace. Parte de ese prodigio de amor, que Dios continúa ofreciéndole a la humanidad, es el ingenio que identifica a cada ser humano, quien es capaz de amar y ser amado, creativo, inteligente, hábil y muestra su destreza de múltiples maneras, resolviendo situaciones difíciles y problemáticas. Corrige, modifica y resalta su comportamiento de acuerdo con sus ideales y principios morales. El desafío mayor al cual se enfrenta toda su existencia es poder escoger el bien sobre el mal. Es la Historia de Salvación, la que ilustra a manera dramática, toda esa vivencia de amor, gracia y bienandanza, junto a la tragedia de la desgracia, sufrimiento y condenación. ¡Por supuesto que es la fe la que sostiene todo su empeño de sobrevivencia! Esa fe, como es conocimiento de todos, es puro regalo del Espíritu Santo. Creer es siempre un acto sobrenatural. O sea, desde su condición fallida, el ser humano es un ser impedido, con continua necesidad de redención.
Es todo un misterio, que el amor del Padre encarnado en Jesús, por el Espíritu Santo, resida en cada uno de los creyentes bautizados. Es esa presencia constante de la divinidad, la que motiva la necesidad de amar y ser amado, como también, el anhelo por la eternidad. Son dos necesidades universales que solo Dios puede satisfacer. El creyente llega a conocer lo que es ‘ser feliz’, cuando logra vivir en el consuelo de esa experiencia espiritual. En general, la enajenación de Dios es la raíz de toda aflicción (sea creyente o no). San Agustín solía decir: “…porque nos has hecho para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en ti" (Las Confesiones 1, 1, 1). Esa inquietud solo es posible cuando se vive una vida inmersa en la fe. Ironía evidente es que, en la modernidad, entre más progreso se logra, menos parece ser la inquietud por la vida espiritual y la necesidad de Dios.
La experiencia cuaresmal, fue todo un intento de ‘sacudir la conciencia de los bautizados’ y reorientarlos hacia Dios. Desde el Miércoles de Ceniza, se les exhortó a tomar en cuenta lo ‘pasajero de la vida’ y lo inevitable de su propia muerte, ‘porque polvo eres y al polvo regresarás’. La oración, el ayuno y la abstinencia se sugirieron como una alternativa para lograr una purificación personal que condujera a la conversión. Multitudes acudieron a recibir la ceniza, aunque pocos serían los que, con seriedad de propósito, abrazaran el camino de la penitencia. Pero, la Iglesia como Madre, siempre está dispuesta a perdonar y a restituir la gracia.
Se llega pues, a modo simbólico, ‘a la cima del monte Tabor’, como final de la jornada cuaresmal. Cristo Jesús ha transformado la vida de los humanos, nacida en el pecado, la clavó en una cruz, la punzó con una lanza y luego la mató con su propia muerte… ¡y la muerte se murió! Lo que fue reducido a una condenación eterna, es ahora una ‘gloria interminable’. Impactante e impresionante siempre será la liturgia de la Vigilia Pascual. Lo que comienza en una oscuridad fúnebre, se consume y se disipa en un fuego nuevo de donde se enciende el Velón Pascual. El eco del Pregón Pascual no solo emociona, sino que también sacude lo más profundo del creyente. “Ésta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo”, canta el diácono o el celebrante, y todos los bautizados renacen con Él a una esperanza de eternidad inexplicable. Las lágrimas derramadas al pie del Calvario florecen en un vergel de alegría que nadie puede explicar.
Solo desde la tumba vacía, y un Cristo Resucitado, es que se entiende y se acepta todo el misterio de una vida consagrada en el amor conyugal, en la vida religiosa o en el estado de soltería. La vida de fe, los esfuerzos y sacrificios que viven los bautizados por mantenerse íntegros y fieles en sus respectivos estados de vida, son vindicados precisamente, por el Hijo de Dios, que divino y humano al fin, paga la deuda del pecado contraída por los humanos. Es Cristo Resucitado, quien da razón de ser de todas las verdades que aceptamos y rezamos en el Credo de Nicea, que rezamos en la Eucaristía dominical. Ese ‘sí creo’, que los fieles repiten en la renovación de sus votos bautismales, es la afirmación liberadora que fortalece todo un compromiso de vivir a la luz del Cristo Resucitado, representado por ese Velón. Es simbólico de la victoria sobre el pecado de la cual disfrutan todos los discípulos del Señor Jesús. La claridad que emana de la tumba vacía es la consolación máxima de los creyentes. El miedo, la ansiedad y la angustia que afligían al Pueblo Santo de Dios, se han desvanecido como el rocío mañanero. Lo que prevalece es el gozo de una gloria inacabable, una seguridad sin amenazas, ¡porque Cristo mató la muerte y la muerte se murió!
