Mientras el coronavirus se reproducía y propagaba en el planeta –como todo virus– su genoma mutó para dar paso a nuevas variantes. La transmisibilidad de una variante se basa en lo extendida que está y se considera más contagiosa cuando constituye una mayor proporción de las nuevas infecciones. Delta es ahora la variante más dominante en Estados Unidos y representa el 100 por ciento de las nuevas infecciones. De lo que todos debemos estar conscientes es que son nuestras actividades las que contribuyen al aumento de las infecciones, como los viajes que realizamos, no usar mascarillas, no mantener el distanciamiento físico requerido y la indolencia de mucha gente que se rehúsa a ser vacunada.
Las enormes cifras de infección que se observan en algunos lugares se deben a la violación de las medidas de contención y a la aglomeración de personas en situaciones en las que pueden infectarse. Es importante entender lo esencial que es vacunarse. En el claro entendido que si ‘yo me protejo, protegemos a los demás’. Las vacunas contra el coronavirus son muy eficaces para prevenir enfermedades graves y muertes causadas por todas las variantes, incluida Delta. Es posible que las vacunas no siempre prevengan las infecciones, pero tienen un impacto sustancial en la reducción de la propagación del virus y el riesgo de problemas de salud graves. Los que no están vacunados tienen un gran riesgo de infección y daño mortal por cualquier variante del virus. Es vital, pues, vacunarse y no bajar la guardia.
La pandemia afectó a nuestras instituciones –nuestras vidas– y toda actividad humana. No creó nada nuevo, solo intensificó las diferencias, las tensiones políticas, la aceleración de ‘fake news’, la concentración de riquezas en manos de pocas industrias y aceleró la desconfianza en los Gobiernos. Hoy somos más vulnerables a las noticias que intensifican la polarización y la desconfianza. La pandemia también agudizó el tema de identidad, qué identidad tenemos, quiénes somos y cómo las diferentes sociedades se ven a sí mismas y no pueden hacer básicas diferencias de cómo funciona una u otra sociedad. El virus nos diluyó por completo, pero la vacuna desnudó a la gobernanza global, donde se vio a cada país –como siempre ha estado– más preocupado por sí mismo.
La pregunta de cómo actuar en próximas pandemias o crisis mundiales quedó flotando en el ambiente. A sabiendas de lo que forma la conducta de un individuo es lo que otro individuo hará –y que lo mismo funciona a nivel de cada país– la solución deberá ser cooperativa. La cooperación y compartir data es importante. EEUU y China –que no lo hicieron– debieron cooperar a pesar de sus antagonismos. Eso se llama liderazgo. Se necesitan organizaciones que compartan información en tiempos de pandemia o crisis como el cambio climático que hoy nos abruma y demanda una imperativa necesidad de actuar. La pandemia nos ha obligado a tomar más conciencia sobre el cambio climático –y a no bajar la guardia– y así como nos afectó a todos por igual, lo mismo lo hará la crisis climática. Clima y cooperación no será fácil. La idea de ser más cooperativos se lee bien como artículo, pero no se traduce en política pública.
A pesar de que por muchas décadas se trabajó en el control de pandemias como el ébola, por ejemplo, Covid-19 nos afectó a todos y cambió nuestras vidas, mostró cómo las sociedades se comunican unos a otros, cómo se segregan y cómo se comportan las élites, donde la libertad de información muchas veces no tiene nada que ver con la verdad –léase ‘social media’–. En un equilibrio ecológico mundial frágil tenemos que cambiar nuestra mentalidad y los Gobiernos tienen que aprender más rápido de las experiencias de otros países. Las expectaciones de la gente son altas y espera altos estándares de servicios –gratitud y política no van de la mano.
