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Conectando con lo divino

Imagen del Señor de los Milagros ingresa en procesión a la catedral de San Mateo de Washington el Viernes Santo. Foto/Mihoko Owada

La fe no siempre vive en el silencio o la quietud. A veces vive en la respiración, en el movimiento, en el esfuerzo de los cuerpos apretados juntos para levantar algo sagrado por las calles. Aprendí esto en las procesiones de Semana Santa y en las del Señor de los Milagros y en las historias, imágenes y rituales que las rodean.

Las procesiones comenzaron a finales de la Edad Media como una forma para que la Iglesia diera vida a la Biblia para una congregación mayoritariamente analfabeta. Con el tiempo, se convirtieron en algo más trascendente: una mezcla de pompa, penitencia y orgullo. Hoy esa tradición se observa y vive con especial fervor en las procesiones que la comunidad hispana ‘protagoniza’ por las calles del área metropolitana de Washington, que acoge procesiones Semana Santa, hazaña nada inusual para un pueblo inmigrante que se arraiga a sus tradiciones culturales y a sus manifestaciones de religiosidad popular; y que ya se está preparando para sus fiestas patronales cuando --en magnas procesiones-- todos los pasos saldrán a las calles en un solo día.

Son actos de devoción y coreografía a una escala que pocos podrían comprender. Las conexiones nacieron de historias compartidas y de una creencia profunda en sus tradiciones religiosas. Feligreses orgullosos -no solo de sus procedencias, vestidos o hábitos acuden a su cita --a su encuentro-- con sus tradiciones, una muestra que rezuma identidad. Esa devoción es la argamasa que conecta la fe católica en la vida cotidiana de los inmigrantes, transición cultural y búsqueda de identidad, ofreciendo consuelo y sentido de pertenencia, oportunidades de formación y evangelización para niños, jóvenes y adultos. Un tesoro espiritual que enriquecen la experiencia diaria de la fe.

En las representaciones de Semana Santa, los fieles marchan en silencio -paso a paso- y cientos de personas se alinean en un notable acto de asistencia colectiva en las que, también, participan visitantes ávidos de esperanza. Esperanza que es nuestro ‘superpoder’. Los rituales --perfeccionados a lo largo de los siglos-- perduran por una razón: están destinados a unir, a conmover, a reconfortar. Cada elemento de la procesión está diseñado para seducir los sentidos, guiándolos hacia un clímax emocional compartido. Deberíamos sentirnos afortunados de ‘poder escuchar’ y ‘ver’ cosas que son tan ricas que se puede ‘palpar’ la magia, la gracia y el asombro de la misericordia, que la gente quiere que se escuche, para convertir la violencia en redención que Jesucristo hizo del género humano por medio de su pasión y muerte.

En un mundo que se siente cada vez más fragmentado, la búsqueda de significado y de un ‘hambre de contenido’ no se ha desvanecido; se ha intensificado. Aquí en la capital de Estados Unidos, la fe no es solo sobrevivir; está encarnada, representada, llevada. Se ve en el rostro de los jóvenes y de las ancianas, en los rostros mirando hacia arriba. Estos son rituales vivos. Y mientras se transmitan de hombro a hombro, de aliento a aliento, tendrán un futuro porque si las personas pueden encontrar un propósito, si pueden encontrar algo que las motive, esa es la verdadera riqueza.

Mi curiosidad y atracción por las procesiones --que comenzó en mi niñez, cuando ‘acompañaba’ a mi madre a las procesiones del Señor de los Milagros-- bien podría decir hoy, a los ojos de la adultez, que ese caminar es ‘ser los pies de una madre’. Uno lleva la memoria colectiva, el dolor heredado y la oración tácita. Al final, más allá de lo místico o divino, ese es el corazón: traer alegría a una historia que, en su esencia, es profundamente humana.



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