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Calor extremo cambió reglas del juego

Personas visitan monumentos en Washington mientras se siente la ola de calor que se vive en el país. Foto EFE/Jim Lo Scalzo

En el Mundial de Futbol 2026, los árbitros hicieron una pausa obligatoria de tres minutos en cada partido para que los jugadores se hidraten. La FIFA dice que la medida busca protegerlos del calor y darles tiempo para recuperarse.

Como mamá de un niño con asma que recientemente empezó a jugar fútbol, para mí esas pausas representan mucho más que un cambio en las reglas del juego. Son una señal de alerta para todas las familias que estamos criando niños y niñas en medio de un calor cada vez más extremo.

El cambio climático, causado por la actividad humana, está haciendo que las olas de calor sean cada vez más frecuentes, intensas y peligrosas. En Nevada, esa realidad ya forma parte de la vida diaria. Cada verano trae más días de calor extremo y obliga a muchas familias a reorganizar sus actividades para proteger a sus hijos.

Como cualquier mamá, quiero ver a mi hijo correr detrás del balón, hacer amigos y enamorarse del fútbol. Pero antes de cada entrenamiento reviso el pronóstico del tiempo y la calidad del aire. Meto botellas de agua de más en la mochila y me pregunto si de verdad es seguro que salga a jugar.

Los niños son especialmente vulnerables al calor extremo. Sus cuerpos se calientan más rápido y les cuesta más trabajo enfriarse. Por eso dependen de que los adultos sepamos cuándo hacer una pausa, cuándo hidratarlos y cuándo simplemente ya no es seguro seguir jugando. Sin las medidas adecuadas, un entrenamiento o un partido puede convertirse en una emergencia por agotamiento o por golpe de calor.

Los futbolistas profesionales cuentan con médicos, entrenadores especializados y todos los recursos necesarios para protegerse. Si incluso ellos necesitan pausas obligatorias para hidratarse, también deberíamos preguntarnos si nuestros hijos cuentan con la protección que necesitan.

¿El equipo tiene un protocolo para enfrentar el calor? ¿Se modifican o cancelan los entrenamientos cuando las temperaturas son peligrosas? ¿Hay suficiente sombra cerca de la cancha? ¿Las pausas para tomar agua son obligatorias? ¿Alguien sabe reconocer una emergencia por calor?

El calor empeora la calidad del aire al favorecer la formación de ozono, uno de los principales contaminantes del verano. Para quienes viven con asma, como mi hijo, respirar ese aire mientras hacen ejercicio puede convertir una práctica de fútbol en un riesgo para su salud.

Después viene otra preocupación: el costo de mantener seguros a nuestros hijos.

El aire acondicionado permanece encendido por más tiempo para que puedan recuperarse al llegar a casa. Compramos más agua, protector solar y todo lo necesario para ayudarlos a enfrentar las altas temperaturas. Algunas familias incluso buscan ligas o espacios bajo techo porque las canchas al aire libre ya no son una opción segura.

Y mientras el calor aumenta, también aumenta el recibo de la luz. Eso representa una presión económica más para familias que ya hacen todo lo posible por cuidar la salud y el bienestar de sus hijos.

Cuando el calor pone en riesgo la salud de nuestros hijos, apagar el aire acondicionado simplemente no es una opción. Ninguna familia debería tener que enfrentar ese dilema ni cargar sola con ese costo.

Por eso, las decisiones sobre las tarifas eléctricas, los programas de eficiencia energética que ayudan a reducir el consumo y las protecciones para evitar cortes del servicio durante olas de calor deben poner en el centro la salud pública y la economía de las familias.

Las familias también merecen tener voz en las decisiones que toman las comisiones de servicios públicos, las agencias estatales que regulan a las compañías eléctricas y que influyen directamente en cuánto pagamos por la energía y qué tan protegidas están nuestras comunidades durante el calor extremo.

Se trata de que el calor extremo no les robe a nuestros hijos una de las mayores alegrías de la infancia. El deporte les enseña trabajo en equipo, disciplina, confianza, resiliencia y el valor de la comunidad. Todos los niños merecen vivir esas experiencias y disfrutar del juego.

Pero nuestras comunidades tienen que adaptarse a la realidad que ya estamos viviendo. Necesitamos más sombra en parques y canchas deportivas, mayor acceso a centros de enfriamiento, mejores protocolos para proteger a los jóvenes deportistas, menos contaminación del aire y programas que ayuden a las familias a mantener bajos sus costos de energía.

También está en juego el futuro del deporte infantil. Si jugar al aire libre se vuelve demasiado peligroso o costoso, muchas familias dejarán de verlo como una opción. Ningún niño debería quedarse sin practicar el deporte que ama porque en su comunidad falta sombra, porque su liga no tiene recursos o porque su familia no puede asumir los costos que trae consigo el calor extremo.

El cambio climático ya está transformando la infancia que nuestros hijos viven hoy.

El Mundial de Fútbol 2026 nos ha demostrado que incluso los mejores futbolistas del mundo necesitan protección frente al calor extremo. Nuestros hijos merecen la misma protección.

Si el Mundial entendió que proteger a los jugadores significa detener el partido por unos minutos, nosotros también debemos entender que proteger a nuestros hijos exige tomar decisiones hoy. Porque cuidar la infancia también significa que cada niño pueda salir a la cancha con seguridad y regresar a un hogar fresco, saludable y que su familia pueda costear.

* Mary Wagner, organizadora Estatal en Nevada, Moms Clean Air Force y EcoMadres



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