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Nos necesitamos unos a otros

Trabajadores y directivos de diversos sindicatos de Maryland se unieron en abril pasado para participan de un servicio religioso en la parroquia San Camilo. Foto/Mihoko Owada

Por si se te lo preguntabas, los sacerdotes realmente trabajan más que solo los domingos.

Sé que algunas personas piensan que celebramos las misas, pronunciamos algunas homilías y nuestro trabajo termina por el resto de la semana. Predicar bien requiere esfuerzo: oración, estudio y reflexión, pero el ministerio sacerdotal implica mucho más que lo que sucede el domingo.

Cada día, los sacerdotes acompañan a las personas en algunos de los momentos más importantes de sus vidas. Celebramos funerales, bodas y bautizos. Ayudamos a las parejas a prepararse para el matrimonio y a los padres a prepararse para el Bautismo de sus hijos. Dedicamos tiempo a quienes atraviesan dificultades en sus matrimonios, familias, trabajos u otras áreas de su vida y buscan nuestra ayuda.

Los momentos de descanso pueden ser escasos, y agradezco que este verano me haya brindado una valiosa oportunidad para recargar energías, renovarme y reflexionar sobre la increíble bendición que significa ser sacerdote. Ahora que regresamos al trabajo y a la escuela y nos preparamos para estar nuevamente más ocupados, creo que hay otra pregunta que vale la pena plantearnos.

¿Quién cuida de los sacerdotes?

Tratamos de cuidarnos unos a otros lo mejor que podemos, pero también necesitamos el amor y el apoyo de los laicos.

Como cualquier otra persona, los sacerdotes necesitan amistad, ánimo, oración y comunidad. Necesitamos oportunidades para alejarnos por un tiempo de las exigencias diarias del ministerio, reflexionar sobre nuestra vocación y renovar nuestra relación con el Señor y con los demás.

Nuestra arquidiócesis ofrece varias oportunidades a lo largo del año para que los sacerdotes se reúnan. Tenemos nuestra convocatoria anual en el otoño, la Misa Crismal durante la Semana Santa, las celebraciones de aniversarios sacerdotales y ordenaciones, así como otras ocasiones en las que los sacerdotes se congregan para la oración y la fraternidad. Grupos más pequeños de sacerdotes también se reúnen regularmente para compartir amistad y apoyo mutuo.

Solo hay unas pocas de estas ocasiones durante el año, pero son muy importantes. Necesitamos renovarnos. Necesitamos recuperar fuerzas. Necesitamos llenarnos de energía y fortalecernos espiritualmente para salir a servirles a todos ustedes. Nosotros les ministramos a ustedes, y apreciamos más de lo que imaginan la manera en que ustedes también nos sirven a nosotros.

Una de las grandes bendiciones de mis 53 años como sacerdote ha sido la gente que me ha acompañado a lo largo del camino. Muchos de mis mejores amigos son laicos, y dependo de ellos para recibir apoyo, ayuda y afecto.

Mi familia numerosa (soy uno de 13 hijos) me enseñó desde muy temprana edad la importancia de ser un hermano, una hermana y un amigo, y de tener personas en la vida que puedan ayudarte en el camino. La camaradería es una parte importante del camino espiritual que todos recorremos juntos, y me siento agradecido de compartir ese camino con ustedes.

A lo largo de mi sacerdocio, me he propuesto decir “sí” a las personas siempre que sea posible, y decir “no” solo cuando es necesario. Al comenzar una nueva etapa de ministerio, oro para que nosotros, los sacerdotes, tengamos la energía y la fortaleza para encontrar maneras de decir sí a quienes estamos llamados a servir: a sus necesidades, sus preocupaciones y sus peticiones.

También oro para que ustedes se unan a nosotros en decir sí tan a menudo como puedan. Cuando sus sacerdotes les pidan ayuda para diversas misiones, ministerios y necesidades de la parroquia, espero que encuentren la manera de responder afirmativamente en la medida de sus posibilidades. Necesitamos su ayuda, sus oraciones y su participación.

Todos tenemos un papel que desempeñar en el plan de Dios. Esos papeles se unen en el servicio mutuo, al servicio de nuestras parroquias y, especialmente, de quienes más lo necesitan. Al apoyarnos y servirnos unos a otros, fortalecemos nuestras comunidades, la Iglesia y el Reino de Dios aquí en la tierra.

Nos necesitamos unos a otros. Juntos, digamos “sí” a la obra que Dios nos ha encomendado realizar.



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