El impulso tóxico de juzgar y marginar a otros, que ha paralizado nuestra vida comunitaria e institucional, está destruyendo los lazos de comunidad que serán nuestra única salvación como país, sentenció el cardenal Robert McElroy en la Asociación de Colegios y Universidades Católicas en Washington, DC, el 31 de enero de 2026.
En su homilía, el arzobispo de Washington se refirió a una escena del film “El árbol de la vida de Terrence Malek. Allí, una madre, afligida por el suicidio de su hijo que había sido acosado, se lamenta: “Cuando éramos jóvenes, las hermanas nos enseñaron que había dos cosas que conmovían el corazón de los hombres: el orden de la naturaleza y el orden de la gracia”.
El cardenal explicó que el orden de la naturaleza, que se impone sobre nosotros, nos obliga a obedecer, es egoísta, anula el bienestar de los demás y se basa en el poder y la capacidad de dominar.
El orden de la gracia -en cambio- nos enseña a encontrar la belleza de Dios en los corazones y vidas de los demás. No busca la dominancia como fuente de satisfacción, sino comunidad y paz; valora la aceptación y el diálogo por encima de la acumulación de poder.
Al expresar su temor por el momento que vivimos, donde el orden de la naturaleza está eclipsando el orden de la gracia, dijo que “como cristianos no podemos ignorar esta crisis”, donde las Bienaventuranzas nos presentan la inversión del orden de la naturaleza que está en el corazón de la misión cristiana: “Benditos no son quienes buscan dominar y buscar riqueza y poder masivos. No, benditos son quienes no tienen poder. Benditos los pobres que no tienen riqueza. Benditos los que muestran misericordia. Benditos los pacificadores. Benditos los perseguidos”.
Señaló que, como sociedad, “hemos permitido que una concepción ‘hobbesiana’ del mundo domine nuestra formulación de políticas y conversación pública, permitiendo que los principios de dignidad y compasión humanas se descarten en favor de la adquisición de riqueza, poder militar y el fomento de divisiones raciales, étnicas y económicas.
Mas, como contrapunto a esa visión ‘hobbesiana’, el cardenal McElroy subrayó que las “Bienaventuranzas llaman a nuestros corazones a aquellas virtudes y acciones que pueden ayudarnos a redimirnos en la crisis que hoy nos atormenta”.
La cuestión -precisa- es que la mayoría de los cristianos no tomamos en serio las Bienaventuranzas, las vemos más como una visión inspiradora que nos consuela y como un sueño de cómo debería ser la vida.
Las Bienaventuranzas son un marco moral para la vida ciudadana, arraigadas en la convicción de Jesucristo de que son virtudes para nuestra vida cotidiana, amén de señalar el camino para edificar el Reino de Dios en la tierra.
“Es viviendo las Bienaventuranzas como fortalecemos el orden de la gracia que nos rodea y en nuestra nación.”
Advirtió que llevar las Bienaventuranzas a los temas culturales y políticos que nos dividen no significa que los problemas se reduzcan a soluciones simples, de allí que resolver nuestro problema migratorio incluya controlar nuestras fronteras y deportar a los indocumentados condenadas por delitos violentos.
Las soluciones a la luz del orden de la gracia -sin embargo- no pueden tolerar la vilipendiación de los indocumentados ni la deportación indiscriminada de millones de indocumentados que viven productiva y pacíficamente en nuestra tierra durante décadas y que contribuyen a nuestra sociedad con tantos de los valores que desesperadamente necesitamos.
El poder militar y económico del país puede hacer mucho bien en el mundo. Pero -aclaró-, el orden de la gracia no puede basarse en amenazas militares y económicas para avanzar objetivos nacionales estrechos a costa del bienestar de los demás y de la solidaridad entre naciones, esencial para el bienestar de todos.
Así como Estados Unidos no puede acabar con la pobreza en el mundo, el orden de la gracia tampoco puede tolerar que la nación más rica del mundo reduzca su ayuda humanitaria internacional a menos del uno por ciento de su presupuesto federal.
La compasión -precisó- está en el corazón mismo de las Bienaventuranzas. Y ningún país puede llamarse compasivo si retiene las migajas de su mesa en lugar de ayudar a quienes pasan hambre o están enfermos. Como dijo el papa León, en Dilexi te: “Ningún cristiano puede considerar a los pobres simplemente como un problema social. Son parte de nuestra familia”.
El rechazo al orden de gracia nos llevado, en el tema del aborto, a un punto en el que ninguno de los dos partidos políticos está dispuesto a apoyar acciones que protejan a los niños no nacidos de nuestro país.
El orden de la gracia exige la sanación de la polarización que crea divisiones falsas y amplificadas en nuestra cultura y que ha paralizado nuestra vida comunitaria e institucional debido al impulso tóxico de juzgar y marginar a otros.
El arzobispo subrayó: “Nunca debemos olvidar que el prejuicio es el pecado que Jesús mencionó con más frecuencia en los Evangelios. Es un misterio del alma humana porque nos sentimos mejor, con nosotros mismos, cuando podemos menospreciar a los demás y juzgarlos”. Al hacerlo, destruimos “los lazos de comunidad que serán nuestra única salvación como país”.
Destacó el papel crítico de colegios y universidades, en particular los católicos que tienen un papel sustantivo para detener el eclipse del orden de la gracia. Parte de su misión principal es abogar por la inversión de valores que representa la Bienaventuranza.
Lo que significa -como tanto insistió el papa Francisco- ir a las periferias, buscar a los marginados y vulnerables entre nosotros, e intentar entender cómo las políticas propuestas les afectan, benefician o perjudican.
Toda universidad católica -subrayó-debería formar a sus estudiantes en una búsqueda constante para mejorar y proteger la posición de los más vulnerables: los indocumentados, los no nacidos, los pobres, los ancianos y quienes padecen enfermedades mentales.
Esa misión requiere situar el orden de la gracia en el corazón de la vida universitaria. Significa no pedir disculpas por la doctrina social católica, sin importar a quién aleje, sentenció.
“Nunca debe olvidarse que ese esfuerzo es intrínsecamente de conversión, no de compulsión o exclusión. Olvidar este primer principio es traicionar el orden de la gracia y las Bienaventuranzas que son su contenido.”
La discusión y el debate están en el corazón de la vida universitaria y de la universidad, y de la verdadera conversión moral y espiritual, acotó.
“El papa Francisco subrayó que la clave para un diálogo auténtico es el acompañamiento, la disposición a abrazar verdaderamente al otro y caminar con él con profundo respeto por su dignidad y opiniones.”
Las universidades católicas deben acompañar a sus estudiantes con respeto, cuidando sus necesidades y creencias más profundas y llevando la antorcha del orden de la gracia para ayudar a iluminar el camino en nuestro mundo convulso, concluyó.
