Al pedir la independencia hace 250 años, Thomas Paine afirmó: “El nacimiento de un nuevo mundo está cerca” y “está en nuestro poder comenzar el mundo de nuevo”. Además, enfatizó que “la causa de Estados Unidos es, en gran medida, la causa de toda la humanidad [y] el sol nunca brilló sobre una causa de mayor valor”.
Desde entonces, el pueblo de Estados Unidos ha celebrado y se ha unido en torno a esa causa; y millones y millones de personas de todo el mundo han venido a hacer de este país su hogar.
¿Por qué? Este año, además de las tradicionales parrilladas y los fuegos artificiales del Cuatro de Julio, el Semiquincentenario nos invita a reflexionar sobre cuál es exactamente esa “causa de mayor valor”.
En primer lugar, consideremos lo que esa causa no es. “No se trata del lugar de nacimiento, ni del credo, ni de la ascendencia”, dijo el presidente Theodore Roosevelt. “El americanismo es una cuestión de principios, de idealismo y de carácter”.
Y esa gran causa sobre la cual se fundó Estados Unidos hace 250 años, y de la cual el pueblo de este país se ha sentido tan orgulloso —el tema recurrente en tantos discursos, canciones y poemas patrióticos— es la libertad. El presidente Abraham Lincoln proclamó célebremente que esta nación fue “concebida en la libertad y dedicada a la proposición de que todos los hombres son creados iguales”. De manera similar, prometemos ante la bandera que somos “una nación bajo Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos”, y cantamos: “dulce tierra de libertad, que resuene la libertad”.
Libertad, igualdad, justicia y unidad: este es el glorioso legado del gran experimento estadounidense. Sin embargo, cuando leemos el impresionante discurso del Cuatro de Julio de 1852 de Frederick Douglass, volvemos de golpe a la realidad histórica, y es un texto que debería enseñarse en todas las aulas.
Este célebre orador, nacido en la esclavitud, no podía unirse a la celebración nacional porque no estaba incluido en ella. “La rica herencia de justicia, libertad, prosperidad e independencia, legada por sus padres, la comparten ustedes, no yo”, dijo a su audiencia. Estados Unidos era infiel a ese pasado, afirmó con razón. En lugar de la alegría del día, escuchaba “el lamentable clamor de millones” cargados de pesadas cadenas, y el Cuatro de Julio revelaba a las personas esclavizadas, “más que cualquier otro día del año, la enorme injusticia y crueldad de las que son víctimas constantes”.
Y, sin embargo, a pesar del sombrío panorama que Douglass presentó sobre la condición pecaminosa de la nación bajo el mal de la esclavitud, no cayó en la desesperación. De hecho, encontró aliento en los “grandes principios” de la Declaración de Independencia y se refirió a la Constitución como un “gran documento de libertad”. Así, su misión, diría Douglass más tarde, era llamar a esta nación “a confiar en la aplicación de sus propios principios” y, de ese modo, acelerar la llegada del día en que los principios de libertad y humanidad se convirtieran en una realidad en este país.
Lo grandioso de Estados Unidos no es que hayamos sido durante 250 años una unión perfecta de libertad, igualdad y justicia. No lo somos, ni lo hemos sido nunca. La grandeza de Estados Unidos radica en el reconocimiento de que, como afirmó el presidente Gerald Ford durante el Bicentenario, “la aventura estadounidense es un proceso continuo”.
Reconociendo nuestras imperfecciones y pecados históricos, la grandeza de esta nación consiste en aspirar y esforzarse por ser una “ciudad resplandeciente sobre una colina”. Como añadió Ford: “La lucha por la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad nunca se gana por completo. Cada generación de estadounidenses, y en realidad de toda la humanidad, debe esforzarse por alcanzar nuevamente estas aspiraciones. La libertad es una llama viva que debe alimentarse, no cenizas muertas que deban venerarse”.
Aunque los católicos constituían una pequeña minoría de la población en la época de la fundación de la nación, han tenido un impacto considerable en la historia de Estados Unidos, y aún tenemos un papel fundamental que desempeñar. En este año del Semiquincentenario, una de las funciones más necesarias es seguir llamando a nuestros vecinos y a los funcionarios públicos a regresar a los más altos ideales de la nación y a vivir de acuerdo con ellos: la unidad, la igualdad, la justicia y la auténtica libertad, tal como lo hizo Frederick Douglass.
Otra forma invaluable de celebrar este jubileo de 250 años es, sencillamente, ser buenos cristianos católicos en nuestra vida cotidiana, las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana: ser signo de comunión y amarnos unos a otros en la verdad; hacer el bien y resistir el mal; proteger la dignidad humana y promover el bien común, mostrando solidaridad especialmente con quienes viven en las periferias. En los tiempos actuales de división y resentimiento, también es absolutamente necesario cultivar una cultura de inclusión, reconciliación, paz social, armonía y una mayor valoración del don de la diversidad humana.
Al hacer esto, no estamos imponiendo nuestra fe católica a nadie; simplemente estamos ayudando a que Estados Unidos sea lo que está llamado a ser. Al mismo tiempo, reconocemos que el Señor camina con nosotros y que —al igual que los firmantes de la Declaración de Independencia— confiamos en la protección de su Divina Providencia.
¡América! ¡América!
Qué Dios derrame su gracia sobre ti
Y corone tu bien con fraternidad
De mar a mar resplandeciente.
* Mark Rothe es empleado del Centro Pastoral de la Arquidiócesis de Washington.
