Con ocasión de las elecciones de 2026, la Oficina de Paz, Justicia y Vida de la Arquidiócesis de Washington invita a los católicos a transformar la sociedad desde la fe y a defender a los más vulnerables. A continuación, el texto de la declaración:
San Pablo escribe a los filipenses: “No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y súplica, presenten sus peticiones a Dios con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús» (Fil 4, 6-7).
Haríamos bien en tener presentes estas palabras en las próximas semanas, cuando acudamos a las urnas para votar en las elecciones intermedias y locales. Son muchos los asuntos apremiantes de nuestro tiempo, y la perspectiva de lo que pueda o no suceder puede pesar mucho sobre nosotros.
Sin embargo, llevarlo todo al Señor en oración nos ayuda a discernir las decisiones que tomamos, no solo al votar, sino en todos los aspectos de la vida, y nos introduce en la verdad más profunda, que trasciende todo ciclo electoral: la presencia permanente de Dios en el mundo.
Para los católicos, la ciudadanía fiel es una forma de vida. Nuestra fe nos llama a comprometernos con las realidades del mundo y a transformar la sociedad, haciéndola cada vez más semejante a Cristo y más conforme a las verdades morales que profesamos.
Algunos piensan que las cuestiones políticas no tienen cabida en la vida de la Iglesia, pero, en realidad, “a la Iglesia le corresponde siempre y en todas partes proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social, así como emitir juicio sobre cualquier asunto humano en la medida en que lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas” (CIC 2032).
El papa León XIV afirmó en Magnifica Humanitas que, puesto que “la Iglesia está presente en el mundo como signo de unidad para toda la familia humana, […] participa activamente en los procesos mediante los cuales la sociedad crece y se organiza, y ofrece su propia contribución a la creación de una sociedad más justa y fraterna” (MH 19).
Precisamente por eso, nuestro cardenal McElroy se ha pronunciado con firmeza contra los esfuerzos de aplicación de la ley migratoria por parte del ICE, aparentemente indiscriminados, en todo el país, que han provocado un miedo y un sufrimiento extraordinarios en la comunidad inmigrante.
Precisamente por eso, el papa León, en la reciente Jornada Mundial contra la Pena de Muerte, reiteró que la “pena de muerte es inadmisible porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona”.
Precisamente por eso, la Iglesia se mantiene firmemente solidaria con los no nacidos, las víctimas de la guerra, las personas con discapacidad, los pobres y los marginados.
Precisamente por eso, la Iglesia rechaza la cultura de la muerte que ha echado raíces en nuestra sociedad y, en cambio, promueve sin vacilar una cultura de la vida.
En este mes de octubre, la Iglesia celebra el Mes del Respeto a la Vida, que renueva el llamado a todos los fieles a valorar, defender y proteger a los más vulnerables de la sociedad, desde la concepción hasta la muerte natural, y a abordar otras cuestiones que amenazan la vida, como el racismo, la pobreza, el hambre y el acceso a la vivienda y a la atención médica.
Nuestras decisiones en cada elección importan. Como católicos, es nuestra responsabilidad acudir a las urnas con una conciencia bien formada que refleje la amplitud y la profundidad de nuestra fe. Ningún candidato ni ningún partido coincide perfectamente con nuestra fe.
Pero los principios de la Doctrina Social de la Iglesia nos ayudan a traducir el mandato de Jesús de amar a Dios y al prójimo en la construcción de una sociedad más justa. El Santo Padre subrayó de nuevo estos principios en Magnifica Humanitas: el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social.
Ellos enmarcan la manera en que podemos construir un mundo mejor, pues nos orientan en nuestra labor de salvaguardar y fomentar la dignidad innata de la persona humana. Toda persona, sin excepción, ha sido creada a imagen y semejanza de Dios, y esta dignidad es absoluta y debe ser honrada y protegida en toda circunstancia en que se vea amenazada.
Sin duda, discernir entre los asuntos y los candidatos de cualquier elección concreta es complicado y confuso. Pero debemos tomar nuestras decisiones este año electoral con espíritu de oración, con acción de gracias por el precioso don de nuestra democracia y con la humilde súplica de que el Señor nos guíe en nuestra labor de atraer todas las almas hacia Él.
Que nuestra nación y el mundo entero conozcan la paz y el amor de Dios por medio del testimonio fiel de los cristianos católicos.
