El miedo a las redadas migratorias ha alterado de manera profunda la rutina diaria de miles de trabajadores indocumentados en el área metropolitana de Washington. El uso del transporte público —antes un espacio de encuentro, conversación y camaradería matinal en los barrios latinos— se ha transformado en un trayecto marcado por la cautela, la ansiedad y el silencio.
Hoy, en los paraderos de autobús, la escena es distinta. Los pasajeros esperan con discreción, abordan con rapidez y permanecen atentos durante todo el recorrido. Miran por las ventanas, revisan compulsivamente sus teléfonos móviles y reaccionan ante cualquier mensaje de texto que advierta sobre la presencia de agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en la zona. Muchos evitan conducir vehículos con logotipos comerciales, convencidos de que podrían convertirse en un “blanco fácil” para las autoridades migratorias.
Esta realidad la enfrentan semana tras semana miles de padres y madres de familia que carecen de documentos migratorios en regla. Para ellos, ir a trabajar implica un riesgo constante.
Josué A., Julio B. y Darío R., hondureños y ayudantes de pintura residentes en el barrio de Mount Pleasant, no cuentan con licencias de conducir y dependen del transporte público para llegar a sus empleos. Los tres coinciden en que el temor los acompaña cada mañana y cada tarde. “Todos los días escuchamos noticias de arrestos en obras de construcción o en barrios hispanos. Solo queremos trabajar tranquilos y mantener a nuestras familias”, relata uno de ellos. Los tres, antes de llegar al paradero frente a la parroquia del Sagrado Corazón, dicen caminar en silencio y encomendarse a Dios para evitar ser detenidos por ICE.
La angustia no termina al finalizar la jornada laboral. El regreso a casa suele planificarse con igual o mayor cuidado. Muchos consultan primero las noticias locales o las redes sociales para detectar reportes de redadas antes de dirigirse a los paraderos. Otros optan por pedir “aventón” a un compañero o esperar a que pase la “hora pico”.
Emilio G., salvadoreño de Intipucá, ha encontrado una estrategia para reducir el riesgo: quedarse a trabajar dos o tres horas más. “Muy temprano mi jefe me recoge en la calle 16 y me lleva hasta Silver Spring, en Maryland. Pero en las tardes regreso solo en bus o metro. Hasta ahora no he tenido problemas, pero el miedo sigue”, confiesa. Con él viven su esposa, dos hijos y su suegra. “Si me deportan, ellos quedarían desamparados”, agrega.
El impacto de este clima de temor también alcanza a los empleadores. JC Flores, propietario de una pequeña empresa de pintura en Manassas, asegura que incluso trabajadores con licencia de conducir evitan manejar las camionetas de la compañía por miedo a ser detenidos. “Antes los recogía para empezar temprano, pero este año todo cambió. He tenido que ajustar horarios y, en algunos casos, pagar taxis para asegurarme de que lleguen seguros a la obra”, explica. “Son buenos trabajadores y no quiero perderlos por temor a las redadas”.
Flores reconoce que, legalmente, no se exige presentar documentos de identidad con fotografía para viajar en autobuses o en el metro del área metropolitana. Sin embargo, subraya que el miedo suele imponerse a la necesidad de llegar puntual al trabajo. “Las noticias de redadas en terminales de Greyhound y Amtrak en ciudades como Miami, Tampa, Atlanta, Charlotte y Raleigh han incrementado esa percepción de riesgo”, afirma.
De acuerdo con datos oficiales, hasta diciembre de 2025 más de 2.300 personas fueron arrestadas en Washington, DC, la mayoría vinculadas a delitos como robos, drogas y porte ilegal de armas. A nivel nacional, las detenciones superaron las 200 mil durante el mismo año.
La situación ha generado preocupación en diversos sectores. En noviembre de 2025, durante su Asamblea Plenaria de Otoño en Baltimore, la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB) expresó su rechazo a las deportaciones masivas e indiscriminadas y recordó que, por generaciones, los inmigrantes han contribuido al bienestar del país. En un comunicado, los obispos hicieron un llamado al fin de la retórica inhumana y abogaron por una reforma migratoria significativa.
Mientras tanto, para miles de migrantes indocumentados, subir a un autobús o entrar a una estación del metro sigue siendo un acto cotidiano cargado de incertidumbre, donde el temor de no regresar a casa pesa más que cualquier trayecto.
