Toda la Iglesia universal se alegró el domingo, cuando el papa Francisco declaró y decretó que la Madre Teresa, quien fue ampliamente reconocida como una "santa viviente" mientras estuvo en la Tierra, sea ahora inscrita oficialmente en el canon de los santos. El domingo 11 de septiembre celebraremos su canonización de una manera especial con una misa de acción de gracias en la Basílica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción.
En su misa de canonización, en este año jubilar de la misericordia, el Santo Padre dijo que la Santa Madre Teresa “a lo largo de toda su existencia, ha sido una generosa dispensadora de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos por medio de la acogida y la defensa de la vida humana, tanto la no nacida como la abandonada y descartada.”
Los que se encontraron personalmente con Santa Madre Teresa pueden dar fe de que esta humilde mujer, de pequeña estatura física, era una presencia más grande que la vida cuya santidad parecía irradiar positivamente de ella. Ella siempre estuvo tan visiblemente preocupada por la gente, especialmente por los más necesitados, y esto llegó al corazón de la gente en todas partes, cruzando todas las fronteras religiosas, étnicas y de clase. Había en ella una llama de la presencia de Dios que ellos reconocían.
Hace años, tuve también la bendita oportunidad de reunirme y rezar con Santa Madre Teresa. Lo que me tocó fue la gracia y la facilidad con que parecía absorber en su vida a todo el mundo presente.
La Madre Teresa fue considerada una santa viviente, no porque hizo milagros, sino porque ella respondió de todo corazón la llamada que Cristo nos hace a todos nosotros. Desde la cruz Jesús dijo: "Tengo sed". A la mujer marginada en el pozo le pidió: "Dame de beber". Y a aquellos que quieran escuchar al Señor les dijo: "Cuando tuve sed, me diste de beber. . . lo que hagas por el más pequeño de éstos, lo haces por mí".
La cualidad especial de la Madre Teresa fue la integridad de su respuesta. Con abandono total y plenitud absoluta, ella buscaba "saciar la sed de Jesús", tal como se expresa en la regla de fundación de las Misioneras de la Caridad, la orden que ella estableció para servir especialmente a los más pobres de los pobres. Esta es una sed, explicó, no simplemente por agua, sino por las almas, el anhelo del Señor en amor por la humanidad.
Santa Madre Teresa, que nació como Agnes Gonxha Bojaxhiu, cuidó personalmente a miles y miles de personas en sus casi 70 años de vida religiosa antes de su muerte a los 87 años en 1997. Atendió las necesidades de sus cuerpos y las necesidades de sus almas. Durante dos décadas hizo esto como una educadora. Posteriormente, después de experimentar su "vocación dentro de una vocación" el 10 de septiembre de 1946, durante casi medio siglo amó y cuidó de Jesús en los pobres.
Cada día la Madre Teresa salía en su icónico sari blanco y azul, rosario en mano, a encontrar y cuidar a los enfermos y moribundos que yacían en las calles de Calcuta, a lavar las llagas de los enfermos, a cuidar a los huérfanos, y más. La forma en que ella vivió el Evangelio cambia la forma en que el mundo ve a los pobres y despertó nuestra propia responsabilidad de cuidar de ellos.
En 1950, ella estableció las Misioneras de la Caridad y actualmente, alrededor de todo el mundo, estas hermanas y hermanos religiosos continúan ese bendito trabajo de hacer sentir la presencia de Dios a través del amor. Esto incluye localmente la Casa Regalo de la Paz, que proporciona cuidado solícito a las personas con VIH / SIDA avanzado u otra enfermedad, y la Reina de la Paz, que opera un comedor de beneficencia, además de ofrecer vivienda a mujeres embarazadas y sus hijos.
La Madre Teresa solía decir: "Usted puede encontrar a Calcuta en cualquier parte del mundo si tiene ojos para ver”. Hace unas semanas celebramos –en DC– Cracovia en la Capital, en solidaridad con la Jornada Mundial de la Juventud. Ahora, mientras nos regocijamos con esta canonización, me pregunto si nosotros podríamos reconocer en nuestro medio nuestra propia Calcuta en la Capital. "En todas partes, donde quiera que usted vaya –diría ella– va a encontrar personas que no son deseadas, sin amor, sin cuidados, simplemente rechazadas por la sociedad, completamente olvidadas, completamente a solas".
Entonces, ¿cómo podemos honrar a Santa Madre Teresa hoy? Respondiendo al Evangelio, que nos desafía a dejar de lado gran parte de nuestra propia preocupación por el yo, los deseos personales, y los dioses materiales que confunden nuestras vidas, y en cambio, según sus palabras, dar a Dios el permiso para trabajar a través de ti.
El mayor monumento a Santa Madre Teresa será la continuación de sus obras. Que cada uno de nosotros pueda hacer aquí, en nuestro propio rincón del mundo, a través de simples actos de caridad, en nuestra propia compasión por los enfermos y moribundos, los sin techo, los que tienen hambre y sed física y/o espiritual, el corazón roto, y los no deseados y sin amor. Llevemos en el corazón su sonrisa y entreguémosla a todos los que encontremos en nuestro camino, especialmente a los que sufren,” urgió el papa Francisco en la misa de canonización.
Cuando conocí a la Madre Teresa, ella era muy solícita y me pidió que rezara por ella así como ella iba a rezar por mi ministerio. Después me dio una pequeña Medalla Milagrosa, que atesoro hasta ahora. También es reconfortante saber que Santa Madre Teresa sigue rezando por mí –y por usted y por todos nosotros– ahora desde el cielo, en presencia del Señor a quien sirvió tan bien.
